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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 631

Fabián podía sentirlo. El desagrado de mamá hacia papá había subido de nivel, mucho más que el que sentía hacia ellos.

Aunque no se divorciaran, mamá igual no sería feliz.

—¿Yo los estoy perjudicando? ¿Acaso no son ustedes los que todos los días se la pasan quejándose de que quieren ver a su mamá?

Por primera vez, Fabián miró a su hijo con una mirada de juicio.

Le daba la impresión de que Lisandro guardaba un profundo rencor hacia él.

—¡Nosotros solo queremos a mamá, no queremos hacerle daño! Si ni siquiera puedes resolver lo de tus mujeres allá afuera, mejor ya ni busques a mamá. ¡Mamá no va a regresar para servirle a la amante y al hijo de la amante!

Lisandro señaló a la mujer que estaba parada junto a la puerta, mirando para todos lados. Cada palabra era una puñalada.

El rostro de Fabián se endureció, apretando los dientes al hablar:

—Atrévete a repetirlo.

—¿Y qué dije que esté mal? Mi hermana y yo estamos chicos, pero tú ya estás grande, papá. ¿Por qué sigues portándote como un niño? ¡Me caes mal!

Lisandro siempre le había tenido miedo a Fabián. Sin embargo, ese día, de alguna parte sacó valor y soltó todo lo que llevaba guardado.

Apenas terminó, temió que Fabián fuera a golpearlo, así que se cubrió la cabeza con la mochila y salió corriendo del carro.

Fabián observó la espalda de su hijo con sentimientos encontrados y el rostro tenso.

Parecía que nunca había entendido a sus dos hijos.

Que los llevara ese día con Joana, la neta, era por puro interés propio.

Pensó que, aunque estuviera peleado con Joana, ella jamás rechazaría a los niños.

Pero ella los regresó. Y ellos, en vez de enojarse, se pusieron del lado de Joana.

Perfecto.

Eso sí que era tener la sangre de los Rivas.

...

En la casa, Tatiana ya había escuchado el carro desde temprano. Desde el segundo piso, vio que era el carro de Fabián y de inmediato bajó a la sala.

Justo en ese momento, Dafne entró hecha una furia con la mochila a la espalda.

Tatiana alzó una ceja.

Según ella, Fabián había llevado a los niños con Joana.

En la puerta, Lisandro apenas iba a entrar cuando la mujer de vestido atrevido lo interceptó.

—Lisandro, ya llegaste —dijo Abril, usando la voz más dulce posible.

A Dafne la ignoró por completo, pero Lisandro era el único varón que podía heredar el apellido Rivas, así que tenía que quedar bien con él.

—¿Y tú quién eres? Doña, ni te ubico.

Lisandro la miró con desdén, apenas regresando la vista como si hubiera visto algo desagradable.

Ese “doña” le dio un trancazo a Abril en el ego.

Forzando una sonrisa, Abril se apresuró a presentarse:

—Lisandro, dime señorita, ¿sí? Soy la amiga de tu papá...

Al escucharla, Lisandro arrugó la frente, soltando un comentario venenoso:

—¿Señorita? No lo parece. Te ves tan acabada como mi abuelita. Perdón, doña, pero no hay manera.

Abril se quedó lívida.

¡Este chamaco lo hacía a propósito!

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