Uriel no apartó la mirada de aquel hombre ni un segundo.
Apenas salieron de la habitación, corrió con la comida hacia la cama de Natalia.
—Mamá, este señor está bien guapo, pero no es el mismo que vino hace unos días a ver a mi hermana.
Natalia asintió con calma.
—Sí, ya me di cuenta.
...
Afuera del cuarto, Arturo se acercó a Joana para preguntar por lo sucedido. Cuando escuchó que Natalia había estado perdiendo mucha sangre, el gesto se le endureció.
—¿Por qué no me avisaste?
—Te fuiste al extranjero y andar de un lado a otro solo te iba a causar molestias —contestó Joana, bajando la mirada.
—Joana, aunque no pudiera venir, ¿no crees que merecía saberlo?
Al menos, así no habría tenido que pedirle ayuda a Fabián.
Joana sabía que Arturo solo quería apoyarla, pero su voz tembló, traicionando la tristeza que llevaba dentro.
—Es que mi tía estaba muy mal... No lo pensé tanto, perdón.
Arturo la observó, como si mirara a una niña que había cometido una travesura. El corazón se le ablandó de inmediato.
—Joana, no tienes que disculparte conmigo. Te lo pido, si alguna vez necesitas algo, no me veas solo como una persona más.
Se sentó en la banca junto a ella, inclinándose para tomarle el brazo con delicadeza.
Joana no podía creer lo que acababa de escuchar. ¿De verdad esas palabras salieron de Arturo?
Parecía un sueño.
—Arturo, te lo agradezco de verdad, pero no exageres. Ya me has ayudado muchísimo.
—Cuando te salvan la vida, hay que devolver el favor con creces.
—Tú ya me has salvado varias veces.
—Entonces, déjame ayudarte, tómalo como si tú me estuvieras devolviendo el favor.
Joana sentía que no podía seguirle el ritmo a la lógica de Arturo y suspiró por lo bajo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo