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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 656

Al mismo tiempo, Dafne y Lisandro se enteraron de la noticia de que Fabián iba a divorciarse de Joana.

Ambos, sin hacer caso a la enfermera que intentaba detenerlos, corrieron directo hacia la habitación donde estaba Fabián.

Apenas llegaron a la puerta, escucharon dentro las risas y voces alegres de dos personas.

Dafne sintió cómo la inquietud le apretaba el pecho.

Apretó con fuerza la mano de Lisandro.

—Hermano, tengo miedo...

—No pasa nada, llegamos a tiempo. Tenemos que detener a papá. ¡Papá y mamá no pueden divorciarse! —Lisandro habló con una firmeza que no parecía de un niño.

Al ver a su hermana tan frágil, recordó las palabras de su mamá: él debía ser fuerte, debía ser el hombrecito de la casa. Y, sobre todo, proteger a su hermana.

Empujaron la puerta de la habitación. De inmediato, el bullicio se desvaneció.

Al verlos, Fabián los miró con indiferencia.

—¿Qué hacen aquí?

La actitud de Fabián le rompió el corazón a Dafne. Sintió un nudo en la garganta y estuvo a punto de llorar.

Ese no era su papá. Ya no sentía ni una pizca de cariño en él.

Lisandro, tragando saliva y armándose de valor, tomó la palabra.

—Papá, ¿es cierto que vas a divorciarte de mamá? No lo acepto. No pueden hacerlo. Si ustedes se separan, ¿qué va a pasar con mi hermana y conmigo?

Dafne, con la voz entrecortada, se sumó al reclamo.

—Papá, yo quiero que sigas con mamá. No quiero que se divorcien, por favor. Quiero que los cuatro sigamos juntos. No quiero ver a esa mujer aquí.

Señaló a Tatiana, que estaba sentada a un lado. Aunque le temblaban las piernas, se esforzó por mirarla con valentía.

Tatiana no dijo nada. Con una tranquilidad que daba escalofríos, pelaba una manzana para Fabián.

La escena apenas comenzaba.

—¡Dafne! ¡¿Quién te enseñó a ser tan malcriada?! Igualita a tu mamá. Hacen todo para que uno termine por no soportarlas.

Lisandro, a punto de soltar el llanto, se mantuvo firme para defender a su hermana.

—¡Papá! ¡Nosotros también somos tus hijos! Aunque digas que no tenemos educación, tú eres el papá. No puedes hacerte a un lado.

—¡Lárguense! —Fabián, furioso, tomó el vaso de la mesa y lo aventó al suelo. El estruendo del vidrio rompiéndose retumbó en la habitación—. ¡No tengo hijos como ustedes! ¡Ustedes ni siquiera deberían haber nacido! ¡No los reconozco!

El estrépito hizo que Dafne se callara al instante. Las lágrimas se le quedaron atascadas en la garganta.

Se tapó los oídos, mirando con ojos vacíos los pedazos de vidrio desparramados en el piso.

Había visto bien cómo esos fragmentos habían pasado rozando sus piernas.

Papá… ya no era el mismo.

Tatiana se acercó y acarició el pecho de Fabián, fingiendo preocupación.

—Ya, ya, ¿por qué te alteras con los niños? Al fin y al cabo, son pequeños. Seguro escucharon algo y lo repiten sin entender. Están confundidos, por eso me gritan esas cosas.

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