Cuando era niño, siempre lo molestaban porque tenía facciones finas y, según los demás, no tenía “carácter de hombre”. Por eso, los otros niños se la pasaban fastidiándolo.
Pero Joana era diferente. Ella siempre se ponía seria y salía a defenderlo. No importaba quién intentara meterse con él, Joana se enfrentaba a todos y los ponía en su lugar.
Incluso, con esa cara llena de determinación, le decía:
—Lucas, no tengas miedo. Yo te voy a cuidar. Mis papás dicen que, cuando dos personas se casan, se quedan juntos toda la vida. Así que cuando Joana se case con Lucas, yo podré protegerte siempre.
Claro, eran palabras de niños, cosas que uno no toma en serio.
Pero para él, en aquel entonces, el mundo entero giraba alrededor de esa Joana chiquita, tan seria y decidida.
Joana siempre había sido un torbellino de energía, adorable y traviesa. Cuando se daba golpecitos en el pecho haciendo promesas, parecía salida de un cuento.
Solo Dios sabe que, en ese momento, él sí se lo creyó.
Pero ahora…
Patricio sacudió esos recuerdos de su cabeza. Cerró la mano con fuerza, los dedos largos se encogieron más de la cuenta.
Al final, solo habían sido cosas de niños. Lo que importaba era el presente.
...
Liliana miraba a su hijo, tan callado y ausente, que no pudo evitar darle un manotazo en el hombro con frustración.
—Ay, hijo, eres un pedazo de madera. Te voy a decir una cosa: Joana tiene a varios hombres exitosos alrededor, ¿ya los viste? Si no te pones las pilas, te vas a quedar soltero toda la vida.
Patricio se frotó la frente, resignado.
—Está bien, mamá, ya entendí.
Al escucharlo, a Liliana se le alivió un poco el enojo. Soltó un bufido.
Este hijo suyo era de los que se lo guardan todo.
Le gustaba Joana, y aun así, seguía escondiéndolo. Si no fuera porque ella le ayudaba, esa nuera hace rato que se le habría ido de las manos.
Ya iba tarde, y ni así se ponía a luchar.
—Ay, si no fuera porque quiero que Joana sea mi nuera, ni me metería en tus asuntos. Este par de huesos viejos que tengo, ¡cómo me han hecho batallar!
Se secó con la mano una lágrima imaginaria.
Patricio solo podía sentir que la cabeza le daba vueltas.
Después de tantos años, conocía demasiado bien a su mamá.


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