Joana esbozó una sonrisa tranquila.
—Tú también mereces ser feliz.
Patricio ya no se detuvo más. Dio media vuelta y se marchó, sin mirar atrás.
[Gracias, Joana, por haber aparecido en mi vida.]
Joana giró sobre sus talones y subió las escaleras. No sabía que, desde arriba, Arturo había presenciado todo el abrazo entre ella y Patricio.
Desde el segundo piso, Arturo apretaba con tanta fuerza el vaso que parecía a punto de romperlo. Sus ojos grises seguían la figura de Patricio mientras se alejaba, y su expresión era tan oscura que cualquiera se habría dado cuenta de su disgusto.
...
Al salir del elevador, Joana sintió que alguien la sujetaba del brazo con fuerza. Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba envuelta en un abrazo más que familiar.
Suspiró aliviada. El grito de "¡auxilio!" que estuvo a punto de salir de su boca, se quedó atorado en su garganta.
Le lanzó una mirada molesta a Arturo.
—¿Y ahora tú qué? ¿Te quieres ganar un susto o qué?
Arturo hizo una mueca burlona y, sin decir nada, la jaló hacia su habitación.
—¿Qué te pasa? —preguntó Joana, entre desconcertada y fastidiada.
Pero él no respondió. Simplemente la llevó directo hasta su cuarto.
Joana, aunque confundida, lo siguió sin oponer resistencia.
Apenas entraron, Arturo cerró la puerta tras ellos y soltó, con voz cortante:
—¿Fue Patricio el que te trajo de vuelta?
Joana entendió de inmediato por dónde iba la cosa.
—Sí, pero no fue nada. Solo fue un abrazo de hermano a hermana, nada más.
No quería que surgieran malentendidos entre ellos, así que se apresuró a aclararlo.
—¿Hermano a hermana? —Arturo soltó una risita sarcástica—. Más bien parecía que te tenía cariño de otro tipo.
Él conocía muy bien a Patricio. Desde la primera vez que lo vio, supo que ese tipo no miraba a Joana como una simple amiga.
Sus palabras apestaban a celos.
Hasta Joana, que a veces tardaba en captar los dobles sentidos, entendió de inmediato qué le pasaba a Arturo.

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