Uriel no se detenía a pensar en nada más, en ese momento solo podía imaginarse lo que le esperaba en el futuro, lleno de ilusiones y esperanzas.
Durante el tiempo que convivió con su prima Joana, aprendió muchísimo de ella. No solo le enseñó cosas prácticas, sino también le contagió esa visión de la vida que solo tienen quienes luchan por sus sueños.
Joana le dio unas palmadas en el hombro.
—Cuando llegues allá, aprovecha para aprender todo lo que puedas. Yo confío en ti —le dijo.
Uriel asintió con toda seriedad.
—No te preocupes, prima.
En su cara se notaba la determinación de quien ya tomó una decisión y no piensa echarse para atrás.
Joana sonrió, llena de orgullo.
Después de terminar de empacar, Joana tomó las llaves y los llevó en carro al aeropuerto.
Durante el trayecto, el ambiente estaba cargado de nostalgia, como si el aire pesara más.
Pronto llegaron al punto de revisión.
Natalia tomó la mano de Joana, la acomodó y de paso le arregló un mechón de cabello. Sus ojos reflejaban un torbellino de pensamientos.
—Mi niña, ahora que tu tía se va, quién sabe cuándo volvamos a vernos. Prométeme que te vas a cuidar mucho mientras te quedas aquí.
Joana la miró, y al ver el parecido con su mamá, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—No te preocupes, tía, yo te voy a buscar siempre que pueda —dijo, tratando de sonar fuerte, aunque la voz le temblaba—. La verdad, yo tampoco quería que te fueras, tía… No me guardes rencor.
Natalia sintió que se le apretaba el pecho, la abrazó de inmediato y le acarició la espalda, como cuando Joana era niña.
—Tranquila, mi niña, yo lo entiendo todo. No tienes que explicarme nada.
Joana la abrazó con fuerza, buscando consuelo, sintiendo el calor maternal que tanto extrañaba desde pequeña.
El anuncio del vuelo interrumpió el momento, y Joana, limpiándose la cara, se separó de Natalia.
—Tía, ya están llamando para abordar.
Sabía que no podía dejar que las emociones la dominaran ahora. Mientras ese misterioso enemigo siguiera suelto, no podía bajar la guardia ni dejar que su tía estuviera en peligro.
Natalia también se secó el rostro y sonrió, tratando de disimular el llanto.
—Ya me voy, mi niña. No te olvides de tu tía, búscame de vez en cuando, y si me pongo pesada, solo dímelo.
Joana se recargó en su hombro como si todavía fuera una niña.
—¿Cómo crees, tía? Me va a hacer falta escucharte.
Natalia le tocó la nariz con cariño, entre risas.
—Eres una consentida —le soltó, sin ocultar el cariño.
Por un momento, Joana sintió que regresaba a esos días de infancia en los que solo necesitaba un abrazo para que todo estuviera bien.
El altavoz volvió a sonar, advirtiendo que el abordaje estaba por cerrarse.
Uriel, algo nervioso, les apuró.


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