Al día siguiente.
Renata llegó a la casa grande.
Ver que Tatiana volvía a vivir con la familia Rivas también le alegraba el corazón.
Después de todo, Tatiana llevaba en el vientre a su futuro nieto.
Aunque ya tenía a Dafne y Lisandro, esos dos pequeños eran hijos de la mujer con la que siempre había chocado.
Tatiana, en cambio, le parecía mucho más atenta y comprensiva.
A su edad, Renata prefería el bullicio en casa, la mesa llena de hijos y nietos. Ese ambiente era lo que más le gustaba.
Ordenó a los empleados que prepararan el desayuno. Cuando Fabián bajó y se sentó a la mesa, Renata le sirvió una taza de avena con una sonrisa de oreja a oreja y se la puso enfrente.
Fabián, acostumbrado a ese entusiasmo, no hizo ningún comentario.
Dafne y Lisandro, al verla, saludaron al unísono:
—Buenos días, abuelita.
Renata respondió con un gesto amable y enseguida empezó a preguntar por el embarazo de Tatiana.
Tatiana contestó tranquila y obediente:
—Señora, todo va bien, no se preocupe.
Renata la miró con seriedad y soltó:
—Mira, el primer embarazo es delicado. No puedes descuidarte ni tantito, ¿eh?
Después giró hacia Dafne:
—Y tú, sobre todo tú, no vayas a andar haciendo locuras y vayas a lastimar a la señorita Tatiana.
Dafne apretó con fuerza la cuchara, tragándose el coraje. Sentía un nudo en la garganta, pero sabía que no tenía a nadie de su lado.
Lisandro estuvo a punto de saltar a defender a su hermana, pero Fabián intervino de repente, con voz cortante:
—Mamá, ya, vamos a desayunar. No tienes que decir tantas cosas.
Lisandro se quedó viendo a Fabián, asombrado. ¿Y este papá despistado, desde cuándo defendía a Dafne?
Renata torció los labios, pero cambió de tema:
—Fabián, ¿entonces sí te divorciaste de esa tal Joana?

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