Paulina solo sonrió sin decir nada, pero el significado era más que claro.
Enzo, aunque estaba molesto, firmó rápidamente su nombre en la tableta.
El asunto del uniforme de trabajo, por fin, había quedado completamente resuelto.
La sonrisa en el rostro de Paulina se volvió todavía más genuina.
—Entonces muchas gracias, Sr. Enzo, por elegir nuestro estudio. Que sea una buena colaboración.
Por dentro, pensó: “Ojalá no volvamos a trabajar juntos nunca más”.
Enzo la miró con una mueca que pretendía ser una sonrisa, pero sus ojos decían otra cosa.
—Puedes estar tranquila, ¡disfruté mucho la colaboración!
Al decir eso, alargó las palabras de manera provocadora.
Paulina, con la tableta en la mano, se quedó un segundo quieta, sin reaccionar, fingiendo que no entendía el doble sentido.
Enzo apretó la mandíbula. “Qué mujer tan determinada”, pensó.
Paulina comenzó a organizar los papeles sobre la mesa, despachándolo sin rodeos.
—Si no hay nada más, Sr. Enzo, puede retirarse. Todavía tengo trabajo pendiente.
—¿Qué pasa, apenas terminamos este pedido y ya me quieres echar? —Enzo forzó una sonrisa—. Paulina, sí que eres dura, ¿eh?
Mientras recogía los documentos, Paulina le contestó:
—Dura o no, lo único que sé es que ya me quitaste demasiado tiempo de trabajo. Si sigues aquí, voy a dejar de ser tan amable.
Enzo le soltó, sin ocultar su fastidio:
—Entonces agrégame a tus contactos.
—¿No tienes ya mi número? —Paulina lo miró, sin entender.
Enzo sacó su celular y le mostró el contacto con el logo de “Estudio Renacer” en blanco y negro. Entre molesto y divertido, le dijo:
—A ver, ¿tú crees que esto es de verdad tu contacto? ¿Todavía me ves como extraño? ¿O crees que no me doy cuenta?


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