...
La familia Rivas.
Los dos niños estaban atrapados en casa, con Renata vigilando para que no salieran ni un paso por la puerta.
Dafne se encontraba en su habitación, apretando con fuerza un peluche de conejo de orejas largas contra su pecho.
El pobre conejo se deformaba entre sus brazos, aguantando en silencio toda la frustración y el enojo que su dueña descargaba sobre él.
Lisandro subió con un tazón de avena en la mano.
—Hermana, ya no te enojes, por favor. Come aunque sea un poco. El cuerpo es lo único que tenemos, si no comemos, ¿de dónde vamos a sacar fuerzas?
—Aunque tuviéramos fuerzas, igual no podríamos salir —Dafne se dejó caer de espaldas sobre la cama, mirando el techo y soltando un suspiro cargado de tristeza.
Ya sentía que la esperanza para su vida se le escapaba de las manos.
Vivir encerrada en esa casa enorme era igual que ser un pajarito enjaulado.
Lisandro también tenía el ánimo por los suelos. Dejó la avena sobre la mesa, derrotado.
—Pero es que ahorita no hay nada que hacer. Pa... ese tipo otra vez perdió la memoria, la mala mujer sigue con sus mañas, y nosotros ni cómo defendernos.
Soltó el “papá” por inercia, pero al recordar todo lo que Fabián había hecho últimamente, se corrigió en silencio.
Dafne suspiró.
—Hermano, extraño mucho a mamá... Quiero sus pastelitos, extraño el aroma de su comida, extraño cómo era todo cuando ella estaba...
Lisandro estuvo a punto de decirle que él también, pero en ese momento Tatiana abrió la puerta de golpe y entró sin avisar.
Apenas la vio entrar, Dafne se incorporó de un brinco y le lanzó una mirada furiosa.
—¿Qué te pasa? ¿No sabes tocar antes de entrar? ¡Esta es mi habitación!
¿Desde cuándo Tatiana era tan grosera? Dafne no recordaba haber notado ese lado suyo antes.


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