Entrar Via

Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 704

Joana sintió que algo le estremeció por dentro.

Al cruzar la mirada con los ojos claros y transparentes de Carolina, sus labios temblaron apenas, sin saber qué responder.

Sí, ¿por qué estaban complicando tanto las cosas?

Arturo le dio unas palmaditas suaves en la cabeza a Carolina.

—Ya, chamaca, siempre tan lista. Según tú, nadie sabe más que tú.

Luego levantó la mirada hacia Joana.

—Joana, no le hagas caso a una niña. Ya sabes cómo son, hablan sin filtro. Mejor sigue lo que te diga tu corazón.

Joana vio cómo Carolina bufaba y se cruzaba de brazos, claramente sin ganas de prestarle atención a Arturo.

—Lo que digo es la verdad. Ustedes, los adultos, son bien raros. ¿Ahora tampoco se puede decir la verdad? —dijo la pequeña, inflando los cachetes igualito a un pez globo.

Joana sonrió, levantó la mano y le dio un pequeño toque en la mejilla, y Carolina soltó el aire.

Joana no pudo evitar reírse.

—Ya, mi niña, no te enojes. Sé que lo haces de buena onda. Lo que me dijiste, lo voy a pensar en serio.

Carolina entonces dibujó una sonrisa.

—¡Eso está bien! La neta, yo también los extraño a los dos.

Después de decirlo, Carolina se acomodó bien derechita en la silla.

—Pero, señorita guapa, ni se te ocurra contarles, ¿eh? Porque si no, se van a poner bien creídos.

Dijo esto tan seria, que cualquiera pensaría que no era ella la que acababa de confesar que los extrañaba.

Joana se apresuró a responderle:

—Va, va, prometido, señorita. No sale de aquí. Sí que tienes buenas ideas para ser tan chiquita.

Arturo observó la sonrisa que Joana le dedicó a Carolina. ¡Hasta parecía que se iluminaba solo por esa niña!

Eso hizo que mirara a Carolina con fastidio. Esa mocosa, ¿de verdad estaba ayudándole?

¿No se suponía que venía a echarle la mano?

Arturo se removió incómodo en su asiento.

Desde que Joana había llegado, esa pequeña no dejaba de platicar con ella sobre los dos niños.

Al final, pensó, no debía haber puesto sus esperanzas en una niña.

Arturo bajó la cabeza, medio derrotado.

Carolina abrió los ojos de par en par.

—¡Guau, se ve buenísima! Gracias, tío Enzo.

—¡Eso quería escuchar! —Enzo sonrió tan amplio que casi se le cerraban los ojos de alegría.

Con esas palabras de Carolina, todo el esfuerzo había valido la pena.

—Señor Enzo, siéntese con nosotros —invitó Joana—. Hay demasiada comida, no vamos a acabar.

Enzo iba a aceptar, pero en ese momento Arturo le lanzó una mirada que decía “ni se te ocurra quedarte”. Así que Enzo captó la indirecta y se apresuró a salir.

—No, no, gracias. Tengo un montón de cosas que hacer en la cocina. Ustedes disfruten, yo mejor me voy.

Dicho esto, Enzo salió sin dudar.

Con la cara que traía su primo, ¿cómo iba a quedarse a incomodar?

Joana se quedó confundida.

—Qué raro… nunca lo había visto tan ocupado.

Arturo, sin darle mucha importancia, le puso cuidadosamente un poco de carne de cangrejo en el plato de Joana.

—A lo mejor tiene pendientes. Mi primo es así, cuando le da por hacer algo, ni quien lo pare. Siempre va a su ritmo.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo