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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 761

El gesto de ella también mostraba cierta preocupación.

Los ojos de Arturo se nublaron, inexpresivos, mientras decía:

—Vamos al camerino, ¿sí?

Joana y Arturo regresaron y, al entrar, vieron a Isidora rodeando a Rosalía, preguntándole cómo se sentía y tratando de reconfortarla.

En ese momento, llegó el médico que acompañaba al concurso.

Revisó con cuidado a Rosalía y, al terminar, negó con la cabeza.

—La torcedura en el tobillo es grave. Por ahora, no puedes apoyar ese pie. Vas a necesitar al menos dos días de reposo en el hospital.

—¿Cómo va a ser posible eso? —Rosalía intentó levantarse, la voz llena de angustia.

Ya era casi el final de la competencia. Llevaba encima la esperanza de tantas personas, no podía rendirse justo ahora.

Aun así, forzó una sonrisa, pálida pero decidida.

—Estoy bien, de verdad. Solo es una exhibición. Si tengo cuidado, puedo hacerlo. De verdad, no es tan grave. No se preocupen tanto por mí.

Como si temiera que no le creyeran, trató de dar dos pasos.

Pero, en el siguiente instante, perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer.

Joana reaccionó rápido, la sostuvo antes de que tocara el suelo.

Estaba a punto de decirle que no siguiera forzándose, cuando notó las lágrimas brillando en los ojos de Rosalía.

De inmediato, se quedó callada.

Las palabras se le atoraron en la garganta.

Isidora, conmovida, abrazó a Rosalía y le susurró:

—Rosalía, no tienes que forzarte, ¿sí? Solo es una competencia. No importa tanto. Lo más importante eres tú y tu salud.

Paulina también asintió, apoyándola.

—Sí, esta competencia es importante, pero no vamos a sacrificar a una amiga. Hay que poner las cosas en perspectiva.

Pero nadie había planeado nada de esto. Todo era una desgracia inesperada.

Isidora, ya casi al borde de la desesperación, empezó a caminar de un lado a otro.

—La ropa está hecha exactamente a la medida de Rosalía. ¿De dónde vamos a sacar a alguien con un cuerpo parecido al suyo ahorita?

Rosalía bajó la mirada, apretando las manos sobre su pierna herida.

—Todo es culpa mía… Si no hubiera ido al baño, nada de esto habría pasado.

—¿Qué dices? —Isidora la miró perpleja, y le puso la mano en la frente—. ¿Cómo vas a decir eso? Si acaso, la culpa es de esa gente rara. Nadie va y tira agua justo frente a ti sin querer. Claramente fue a propósito.

Paulina, por su parte, se había mantenido en silencio, observando a Joana con atención.

Isidora, que continuaba consolando a Rosalía sin parar, notó la expresión de Paulina y no pudo evitar preguntarse qué pensaba.

Se dirigió a ella, curiosa:

—Paulina, ¿en qué estás pensando?

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