—Fabián, ya entendí —explicó Tatiana con ese tonito dulce suyo—. Pero en poco tiempo, voy a ser su madrastra. Hay cosas que, si su mamá no se las enseñó, me toca a mí dejárselas claras. Al final, la que no es amada siempre termina siendo la tercera en discordia.
Al decir la última frase, Tatiana la soltó despacio, marcando cada palabra, dejando que el peso de su declaración llenara la habitación.
Esa frase fue como una daga, clavándose en el corazón de la pequeña Dafne.
Sus ojos, que normalmente brillaban como uvas negras bajo el sol, se apagaron de golpe.
En un instante, toda su chispa desapareció, volviéndose opacos y tristes.
Lisandro intervino justo a tiempo.
—Papá, señora, ya terminamos de comer. Vamos arriba.
Tomó la mano de Dafne y la llevó escaleras arriba.
Su hermana no estaba bien, y quedarse en la mesa solo empeoraría las cosas.
Cuando los dos niños salieron, Renata por fin intervino, molesta:
—Ya basta, ¿no pueden ni comer tranquilos?
Soltó los cubiertos con fuerza, sin molestarse en mirar ni a Tatiana ni a Fabián.
Fabián observó cómo todos se marchaban uno tras otro.
No supo por qué, pero una sensación extraña le recorrió el pecho.
Como si una voz dentro de él le pidiera a gritos que no dejara que los niños se alejaran de su vida.
Aun así, su lado racional lo obligó a volver a la realidad: ahora debía quedarse al lado de Tatiana y calmarla.
Cuando todos se retiraron, Tatiana le lanzó una mirada a los empleados, indicándoles que se fueran también.
Luego se acomodó en las piernas de Fabián, le rodeó el cuello con los brazos y lo miró fijo, como si lo estuviera atrapando con la mirada:
—Fabián, sí, sé que me pasé con el tono. Lo pensé y tienes razón.
—Pero, a veces, simplemente no puedo controlarme —Tatiana se acarició el vientre—. Yo aguanto lo que sea, pero no quiero que mi hijo reciba miradas raras de los demás. Además, me carcome la envidia cada vez que pienso que Joana te tuvo antes que yo.
—No te preocupes, te entiendo.
Fabián la abrazó, pasando la mano por su espalda delgada, recorriendo su piel suave. Donde la tocaba, sentía cómo subía el calor.
Justo en ese momento, Renata salió a buscar agua y los vio pasar.
Negó con la cabeza, suspirando por dentro.
No sabía si era bueno o malo haber metido a una mujer así en la casa.
Pero, viendo cómo estaban las cosas, quizá era lo mejor que podían hacer.
...
Muy pronto, la fecha de la boda quedó fijada.
Sería ese fin de semana.
Tatiana había consultado y escogido la fecha más cercana, asegurando que era el día perfecto para casarse.
Fabián, al verla tan emocionada, decidió no decir nada más.
Pensó para sí que, después de todo, casarse ahora o después no hacía diferencia.

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