Joana ni siquiera se atrevió a mirar el video completo.
Arturo, comprendiendo perfectamente el estado de ánimo de Joana, trató de animarla con voz suave:
—Te entiendo, Joana, pero no puedes perder la cabeza ahora. Si te dejas llevar, solo estarías haciendo justo lo que ellos quieren. No te preocupes, si quieres, voy contigo.
Pero Joana negó con firmeza, su mirada decidida:
—No, tú no puedes ir conmigo.
—¡No! —Arturo también se negó de inmediato—. No voy a quedarme cruzado de brazos viendo cómo te expones al peligro. No podría hacerlo.
Joana le sonrió con dulzura, intentando calmar la preocupación reflejada en su rostro. Luego sacó su celular y le envió un mensaje a Arturo.
[Entiendo lo que quieres decir, pero ahora nos están vigilando todo el tiempo. Si sales conmigo, no sabemos qué locura puede hacer Tatiana. Además, si te quedas, puedes ayudarme a distraer a los demás y hacer que bajen la guardia.]
[No puedo arriesgarme, los niños aún están muy pequeños. Así que mejor pide a Ezequiel que me siga sin que nadie lo note, así te vas a quedar más tranquilo.]
Una vez enviado el mensaje, Joana le hizo una seña a Arturo para que revisara el celular.
Ella no era ingenua, nunca pondría su vida en peligro porque sí.
Su seguridad era su mayor prioridad, siempre.
Arturo leyó el mensaje y asintió frente a Joana, aceptando la sugerencia. Era, sin duda, la solución más sensata.
Después de todo, su presencia dentro del club destacaba demasiado.
Joana se despidió de Arturo:
—Entonces me voy sola, no me sigas, ¿sí? Voy a estar bien.
Los ojos grises de Arturo reflejaban preocupación, pero eligió respetar la decisión de Joana.
Rápidamente, deslizó el dedo por el celular y le escribió a Ezequiel:
[Síguela bien. No permitas que le pase nada.]
Ezequiel respondió enseguida.
[No te preocupes, jefe. Todo bajo control.]
De forma deliberada, uno de ellos chocó contra Ezequiel.
Las copas se estrellaron contra el piso —crash, crash—.
El vino se derramó por toda la chaqueta de Ezequiel, dejando manchas oscuras y evidentes.
Los empleados, fingiendo angustia, empezaron a limpiarlo de inmediato.
—Perdón, señor, de verdad, lo siento mucho, fue nuestra culpa —decía uno, casi al borde del llanto—. Por favor, déjenos llevarlo a cambiarse.
—No hace falta —replicó Ezequiel, visiblemente incómodo, alzando la vista para buscar a Joana.
Pero los empleados lo sujetaron del saco, insistiendo:
—No puede ser, señor, hoy es un evento importante y no puede ir así. Admitimos que fue nuestro error, permítanos ayudarlo.
—Sí, además, el gerente nos va a regañar si no lo atendemos como se debe. Por favor, no nos complique más —intervino otro, haciendo que la situación se volviera cada vez más apremiante.
...

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