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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 806

Ella tampoco podía impedir que los dos pequeños se preocuparan por Fabián.

Al escuchar las palabras de Joana, los dos niños por fin suspiraron aliviados.

Lisandro, con su típico aire orgulloso, soltó:

—Él ahora está del lado de esa mala mujer, ya no es nuestro papá.

Dafne no dijo nada, pero su mirada lo dijo todo: estaba completamente de acuerdo.

En silencio, apoyó las palabras de Lisandro.

Vanessa, con la voz entrecortada por las ganas de llorar, preguntó:

—Papá, ¿y ahora qué va a pasar con Valentín?

—Ya hizo algo tan terrible y ahora ni siquiera da la cara. Si después no logramos atraparlo, ¿qué vamos a hacer? —agregó Vanessa, todavía con rabia.

Justo cuando Simón no sabía qué hacer, Ezequiel apareció arrastrando a un hombre que tenía las manos atadas a la espalda, y sin miramientos lo lanzó frente a Simón:

—Listo, no tienes que agradecerme.

Ezequiel incluso se sacudió las manos y, con tono juguetón, añadió:

—Yo hago favores y ni mi nombre dejo. Solo acuérdate que soy el enviado del señor Zambrano, ¿sale?

Simón: …

Vanessa: …

Ambos se miraron, los ojos llenos de incredulidad.

Voltearon a ver al hombre atado en el suelo. ¿Quién más podía ser sino Valentín?

Valentín ya no tenía ese aire arrogante de antes. Su cara, pálida y sombría, tenía sangre en la comisura de los labios.

Era evidente que la familia Zambrano había usado la fuerza.

Aun así, Valentín parecía no darle importancia.

Ya estaba descubierto, ¿y qué?

Pero Hugo todavía no entendía nada. Rápido se acercó a Valentín y preguntó:

—¿Qué te hicieron?

—Me acorralaron en el hotel, ¿qué más? —Valentín soltó un bufido despectivo y contestó sin ganas, luego levantó la mirada y buscó entre la gente a Tatiana, que seguía en el escenario con la cara empapada de lágrimas.

La forma en que miró a Tatiana era tan oscura y pegajosa como el veneno de una serpiente al acecho.

Tatiana se topó con esos ojos y sintió un escalofrío en el vientre; de pronto, el dolor regresó en oleadas.

En ese momento, se escuchó la sirena de la ambulancia afuera del hotel.

El escándalo había llegado a su fin, y Joana ya había tenido suficiente.

Tomando de la mano a los dos pequeños, habló con voz firme pero amable:

—Señor Simón, yo me voy a llevar a los niños a vivir conmigo un tiempo. La familia Rivas tiene suficiente lío por ahora. Cuando arreglen sus asuntos, pueden venir por ellos. Hasta luego.

Al escuchar esto, los dos niños apenas pudieron disimular la alegría.

Sus ojos brillaron de emoción.

¡El plan había funcionado!

¡Mamá estaba dispuesta a llevárselos a casa!

Joana miró a todos los Rivas. Su mensaje era más que claro.

Aunque Simón no estuviera de acuerdo, no tenía alternativa.

Solo pudo apretar la mandíbula y asentir.

Joana tenía razón. Con la situación como estaba, la familia Rivas no era el mejor lugar para los niños en ese momento.

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