Joana forzó una sonrisa hacia Arturo, aunque en el fondo de sus ojos la preocupación era evidente, imposible de disimular.
Sin embargo, no tardó en sumirse de nuevo en el trabajo.
Después de todo, los dos niños regresaban a la casa que les correspondía. En teoría, ella también debería sentirse feliz por eso.
...
Por su parte, Fabián iba manejando el carro con los dos niños de regreso a la casa de la familia Rivas.
Durante todo el trayecto, los pequeños no ocultaron su desánimo. Sentados en la parte trasera, uno miraba por la ventana a la izquierda y el otro a la derecha, dejando un espacio enorme entre ellos.
Fabián, observando la escena por el retrovisor, aguantó en silencio hasta que no pudo más y terminó preguntando:
—¿Y ustedes qué traen? Los vine a buscar para traerlos a casa, ¿no deberían estar contentos?
Al escucharlo, Dafne y Lisandro se miraron, como si apenas entonces recordaran la presencia de Fabián.
Ambos lo miraron con la misma expresión, como diciendo: “¿Qué tiene de bueno regresar contigo?”
Fabián solo pudo soltar un suspiro. Esa reacción lo dejó sin palabras.
Le dio vueltas en la cabeza y al final pensó que Joana tenía razón. Después de todo, los problemas eran de los adultos, los niños no tenían nada que ver.
Ellos eran los verdaderos inocentes en todo esto.
Fabián intentó de nuevo, buscando tranquilizarlos:
—Van a casa, no los estoy llevando a un orfanato. ¿Por qué se ven tan tristes?
Pero Lisandro, con el ceño fruncido y la expresión impasible, respondió:
—Lo que pasa es que nosotros preferimos estar con mamá.
—¿Y tu mamá puede darles todo lo que la familia Rivas les da ahora? —Fabián no tuvo reparos en hablarles de frente—. La ropa que usan, la educación que reciben... aquí tienen lo mejor. Joana no podría darles nada de eso.
Dafne no tardó en replicar, su mente trabajando rápido:
De inmediato, la expresión de Dafne cambió. Se escondió detrás de Lisandro, mirando con miedo a Tatiana, que estaba en el sofá.
Lisandro, protegiendo a su hermana, también se paró delante de ella y le lanzó a Fabián una mirada desafiante.
—¿Qué significa esto? ¿Por qué sigue ella aquí?
Fabián frunció el ceño, encarando a Lisandro, que lo miraba desafiante:
—¿Ya ni siquiera me llamas papá?
—¿Y tú crees que te lo mereces? —soltó Lisandro con desprecio.
El parecido entre padre e hijo era innegable, pero el pequeño tenía una dureza en la mirada que no dejaba lugar a dudas.
Tatiana se levantó y se acercó a ellos, la voz temblorosa por la culpa:
—Lisandro, él es tu papá, no deberías hablarle así.

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