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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 858

Fabián pensaba lo mismo en el fondo.

Aun así, se aferró al poco orgullo que le quedaba y soltó:

—Mándale otro mensaje a su secretaria, a ver si no se retrasó en el camino.

Andrés abrió la boca, como queriendo decir algo, pero al final se contuvo.

Bah, si el jefe está tan terco, ¿para qué insistir?

Como dice el dicho, hasta no ver el río no se dan por vencidos.

Eso era justo lo que le pasaba a Fabián en ese momento.

Andrés soltó un suspiro, sacó su celular del bolsillo y, delante de Fabián, escribió un mensaje.

[Ya estamos en el privado esperándolo, Sr. Serrano. ¿Todavía no viene para acá?]

La respuesta llegó casi de inmediato.

[El Sr. Serrano dice que Fabián sigue muy joven, que mejor le siga echando ganas un par de años más. Por ahora, el Sr. Valentín lo está haciendo bien. ¿Por qué no dejarlo a él?]

Los ojos de Andrés se abrieron de par en par, sin saber ni qué contestar.

Y para colmo, Fabián seguía ahí, observando todo.

Andrés se quedó con cara de apuro.

—¿Y ahora, Sr. Fabián? ¿Qué hacemos?

—Vámonos ya.

Fabián no quería quedarse ni un segundo más en ese lugar.

¿Será que este lugar le traía mala suerte?

¡Todo le salía mal!

¿Quién iba a creerle si contaba algo así?

Andrés no tuvo más remedio que ir detrás de Fabián, con la cabeza gacha.

[Bueno, entonces si se da otra oportunidad, platicamos.]

Andrés mandó el mensaje y, al instante, apareció un enorme signo de exclamación rojo.

Andrés: —¡¿Qué?!

Alzó la vista y miró a Fabián, que ya iba caminando con paso firme al frente. El celular en su mano le quemaba como si fuera carbón encendido. Por un lado, quería contarle todo a Fabián, pero por otro, dudaba si era buena idea.

Mientras tanto, Fabián solo pensaba en el asunto de los socios, pero sobre todo, no podía sacarse a Joana de la cabeza.

Ese contacto era fundamental para Fabián.

Pero Andrés, a punto de llorar, giró para mirarlo.

—Sr. Fabián, creo que ya no vamos a poder contactarlos.

—¿Por qué?

Fabián sintió cómo le recorría un mal presentimiento por la espalda.

Andrés le mostró la pantalla del celular, poniéndola justo frente a su jefe:

—Mire, Sr. Fabián, yo no dije nada malo. Le puse que si había chance después, y así de la nada, me borraron. Ya ni sé qué hacer.

Fabián se quedó mudo.

No se le notó ninguna emoción en la cara, pero la mano que tenía sobre el pantalón del traje se apretó con fuerza, casi hasta clavar los dedos.

¿Así que ese viejo no pensaba darle ni la menor importancia?

...

Al mismo tiempo, un Lincoln elegante y discreto avanzaba con suavidad por la avenida.

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