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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 878

Tatiana respiró hondo un par de veces, y en ese breve instante logró recomponerse, dejando atrás cualquier atisbo de debilidad.

Cuando Fabián le hizo una pregunta, ella respondió con calma y seguridad, sin dejarse intimidar.

Fabián, con gesto despreocupado, sacó una toallita húmeda y, tras arreglarse el cabello y el saco, se sentó derecho en su silla.

—Estoy bien. Si ya no tienes nada más que decir, puedes irte.

Apenas terminó de hablar, apartó la mirada y se concentró en los papeles de su escritorio, dejando claro que no pensaba prestarle más atención.

Tatiana se quedó ahí, plantada en medio de la oficina, sintiendo cómo la incomodidad le quemaba la piel. Apretó los labios, contuvo el impulso de hablar, pero al final no pudo evitarlo.

—Fabián, lo de hace un momento en la computadora… ¿no piensas explicarme qué era eso?

Sus ojos se clavaron en él, llenos de orgullo y una rabia que no sabía disimular.

Andrés ya le había mencionado ese asunto antes, pero Tatiana había pensado que, tras la pérdida de memoria de Fabián, todo aquello no era más que un capricho pasajero. No le dio importancia. Sin embargo, al ver que Fabián seguía pendiente de la tienda de Joana, no le quedó duda de que todo era parte de algo más grande, de un plan que venía cocinándose desde antes.

¿No se suponía que Fabián ya había olvidado a esa mujer? ¿Por qué entonces seguía tan obsesionado con ella?

Fabián soltó una risa sarcástica y la miró de reojo, con una mueca de burla dibujándosele en la cara.

—¿Y tú quién te crees para venir a exigirme explicaciones?

—Además, ¿qué tiene que ver eso contigo? Es asunto mío. Antes de venir a reclamarme, mejor piensa en todo lo que tú has hecho.

Tatiana sintió como si le cayera un rayo. Dio un paso atrás, tambaleándose, casi pierde el equilibrio.

Jamás había visto a Fabián tan desdeñoso, mirándola como si fuera algo que le daba asco.

—Pero… pero al final de cuentas estamos casados —Tatiana apretó los dientes, obligándose a mantenerse firme—. Nuestra relación está reconocida por la ley. Como esposa, creo que tengo derecho a saber.

—¿Después de que me humillaste frente a todos, esperas que te trate con cariño? —Fabián señaló la puerta con el dedo—. Si no tienes nada urgente, no vuelvas a buscarme. No quiero que nadie te vea aquí.

Ambos sabían lo que no se atrevieron a decir en voz alta: era una vergüenza.

Tatiana se quedó helada por un rato, hasta que un sollozo escapó de sus labios.

—Está bien, si tanto te estorbo, me voy. No voy a molestarte más.

A toda prisa se limpió las lágrimas del rostro, pero por más que se las quitaba, seguían brotando como si no tuvieran fin.

Con torpeza, balbuceó una disculpa:

—Perdóname, Fabián. No fue mi intención… Es culpa de las hormonas del embarazo. Tienes razón, me metí donde no debía, no tengo derecho.

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