Ahora que lo pensaba, ¿no será que esos rumores no eran verdad?
Entonces, que el Sr. Zambrano viniera a buscar a su jefe ya tenía todo el sentido del mundo. ¿Será que vino a pedir la mano de su hija?
Al mismo tiempo, la mente del Sr. Prieto empezó a maquinar.
Jamás imaginó que Arturo fuera un hijo tan apegado a su madre.
¿Así que siempre le hace caso a lo que su mamá le dice?
Parece que aquellos chismes de que Arturo y su mamá no se llevaban bien eran puras habladurías.
¡La decisión de su querida hija de quedar bien con la mamá de Arturo sí que había sido acertada!
Si después se convertía en el suegro de Arturo, ¿acaso los proyectos no le lloverían?
¿Y no sería él quien mandara en Mar Azul Urbano?
Pensando en esto, la sonrisa del Sr. Prieto era imposible de ocultar.
Después de todo, era la primera vez que Arturo se mostraba tan dispuesto.
Cuando Arturo llegó, el Sr. Prieto se levantó de pronto, tan emocionado que los ojos le brillaban, y le extendió la mano con entusiasmo.
—Yerno... ah, perdón, Sr. Zambrano, qué gusto tenerlo aquí.
Arturo no dijo nada.
Su expresión se tornó oscura como fondo de olla.
Ezequiel no pudo aguantarse y se le escapó una carcajada.
—Ja, ja, ja...
Este Sr. Prieto, entre más grande, más descarado.
Ni habían empezado y ya le estaba diciendo “yerno” a Arturo de frente.
Sus intenciones eran tan obvias que hasta daban risa.
Definitivamente, la noche prometía estar más interesante de lo que Ezequiel había imaginado.
Arturo no le devolvió el saludo, solo miró de arriba abajo la mano extendida del Sr. Prieto con una mezcla de burla y desdén. Luego, abrió los labios y soltó:
—¿Yerno?
Esa palabra resonó sin el menor matiz de emoción, seca, como si la repitiera sin sentir nada.
Al oírla, el Sr. Prieto dio un respingo y, tembloroso, retiró la mano.

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