—Yo no secuestré a la niña, Dafne y yo nos encontramos en el hospital —dijo Joana con calma.
Al escuchar esto, Sabrina la señaló con sorpresa, como si le hubieran leído la mente.
—¿A poco sí dije en voz alta lo que estaba pensando?
Joana y Dafne asintieron al mismo tiempo, sincronizadas.
Viendo la escena, Sabrina solo se rascó la cabeza con resignación.
—Bueno, pues ya qué, si lo dije, ni modo.
—¿Y qué hacía Dafne en el hospital? —preguntó, aprovechando para tomar una uva del frutero de Joana.
El dulzor le hizo entrecerrar los ojos, satisfecha. No había duda, Joana siempre sabía lo que le gustaba.
Joana bajó la mirada y acomodó a Dafne en una silla. Cuando la vio un poco más tranquila, por fin preguntó:
—Dafne, cuéntanos a mí y a la señorita Sabrina, ¿por qué viniste al hospital?
—Yo… vine porque mi hermano está internado.
—¿Y qué le pasó a Lisandro?
Las cejas de Joana se juntaron con preocupación. No había pasado mucho tiempo y ya los dos niños estaban metidos en problemas.
Dafne respiró hondo, masticó otra uva que Sabrina le ofreció y, ya más animada, empezó a contar la historia de lo que había pasado el día anterior. No ocultó ningún detalle.
—¿Entonces Tatiana también está hospitalizada aquí? —preguntó Joana.
—Sí —confirmó Dafne, con la cara transformada en una mueca de disgusto apenas mencionó el nombre de Tatiana.
Sabrina lo notó y negó con la cabeza, chasqueando la lengua.
—Estos chavos de ahora, nomás pierden algo y entonces sí lo valoran. Si sabían que esto iba a pasar, ¿para qué tanto drama desde el principio?
Dafne bajó la mirada.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo