—¿Madre…? —repitió Arturo, ladeando la cabeza con desprecio—. Para que alguien pueda llamarse así, primero hay que estar a la altura, Catalina. No cualquiera puede ser madre.
Las palabras tajantes de Arturo le calaron a Catalina hasta los huesos, haciéndola sudar frío. Por dentro, un nudo de miedo se le fue apretando.
—¿Cómo te atreves? —siseó Catalina, apretando la mandíbula.
—¿Y por qué no habría de atreverme? —Arturo arqueó una ceja, sin inmutarse—. Si no me crees, inténtalo. No creas que no sé todo lo que has hecho. ¿Necesitas que te ponga las pruebas en la cara una por una?
Catalina fingió seguridad y lo encaró—. No sé de qué hablas.
Mientras no admitiera nada, Arturo tampoco tendría pruebas. O eso quería creer.
—Festival Nacional —espetó Arturo, pronunciando cada sílaba con tal claridad que a Catalina se le heló la sangre. Los ojos se le abrieron de par en par y el bolso se le resbaló entre los dedos de lo fuerte que lo apretaba.
¡Él lo sabía! Lo sabía todo.
Le faltó el aire. No encontró palabras. Se quedó petrificada.
Arturo no perdió detalle de su reacción, y le cruzó por la mente una risa burlona—. Así que, aunque seas mi madre, si lastimas a quien quiero, no voy a dudar ni tantito. Y dime, ¿acaso mis abuelos no te buscaron para ponerte en tu lugar? ¿No te han advertido ya?
—¿Eso también lo armaste tú? —Catalina retrocedió, los ojos llenos de pánico.
Recordó con precisión el día en que sus padres la confrontaron, exigiéndole que dejara de meterse con Arturo. Le advirtieron que, si continuaba, ni ellos iban a defenderla. Catalina nunca olvidó cómo les suplicó casi de rodillas, pero sus padres no titubearon, la regañaron con dureza y al final, la dejaron sola.
El recuerdo le revolvió las entrañas. ¿Era posible que Arturo tuviera todo bajo control? ¿Hasta ese punto llegaba su poder? ¿Sería el mismísimo diablo?
Arturo se sentó, con aire de superioridad—. Ahora que ya sabes, mejor vete. No vengas a buscarme por nada. Esto no es un albergue.
Catalina se quedó parada, observándolo mientras él manejaba la situación como si nada le afectara. Su expresión era imposible de leer. Al final, recogió su bolso y salió del despacho sin mirar atrás.
—¡Pum!— La puerta tembló tras el portazo, pero Arturo ni siquiera levantó la vista.


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