—¿Eh?
El médico frunció el ceño y movió el estetoscopio a otra posición. Al siguiente instante, soltó otra exclamación:
—¿Qué caray...?
Su expresión cambiaba como si estuviera viendo un truco de magia, y eso hizo que el corazón de Fabián se acelerara.
—Doctor, ¿puede dejar de hacer esos ruidos raros? —aventó Fabián, ya impaciente—. ¿Qué está pasando?
Pero el médico ni lo peló y siguió revisándolo a su ritmo.
Al final, parecía que había confirmado sus sospechas.
—Sr. Fabián, su salud es excelente, no tiene absolutamente ningún problema.
—¡Eso no puede ser! —Fabián se levantó de golpe, casi tumbando la silla—. ¿De verdad revisó bien? ¿Sí es médico o nomás vino a perder el tiempo? ¡Revise bien, por favor!
El médico solo lo miró, sin saber ni qué decir.
Se limpió el rostro, que había terminado salpicado por la furia de Fabián, y con algo de incomodidad respondió:
—Sr. Fabián, entiendo lo que me está queriendo decir. Trate de tranquilizarse, por favor.
—¿Que me tranquilice? —le reviró Fabián, sin ceder un centímetro—. Mejor llame a otro médico para que me revise de nuevo.
El médico no tuvo más remedio que rendirse.
Ajustándose los lentes de pasta negra, dijo:
—Está bien, vamos a usar el equipo para hacerle un chequeo completo. Si tampoco sale nada ahí, ya no está en mis manos, Sr. Fabián. Recuerde que esto es un hospital público, no puedo hacer más...
No terminó la frase, pero Fabián captó de inmediato la indirecta.
Tomó aire y asintió:
—De acuerdo, hágame el estudio. No quiero hacerle la vida difícil.
Dicho esto, se adelantó hacia el área de los equipos médicos.
En el camino, se arremangó la camisa, buscando las marcas de los golpes que tanto le dolían, pero para su sorpresa, no encontró ni un solo moretón.
Aun así, el dolor seguía ahí, punzante.
Fabián sintió un nudo en el estómago.
¿Será que Arturo supo exactamente dónde golpearlo?


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