—¡Bien, de verdad te luciste!
Los ojos de Fabián se volvieron aún más cortantes, tan oscuros como una tormenta.
Aventó el informe al asiento del carro y arrancó rumbo a su casa.
Esta vez, aceptó su derrota.
Pero la próxima, Arturo no tendría tanta suerte.
Mientras conducía, de la nada le vino a la mente el asunto del Grupo Prieto, ese que Tatiana le había mencionado hace un tiempo.
¿No era que antes estaban trabajando con Arturo?
Ahora, de repente, habían roto la relación. Seguro que esa gente tenía en sus manos mucha información comprometedora sobre el Grupo Zambrano.
Al pensarlo, Fabián esbozó una sonrisa torcida y en sus ojos destelló una luz decidida, como quien ya tiene la victoria asegurada.
No podía negar que esta derrota le había mostrado lo fuerte que era Arturo.
Pero a Fabián, los fracasos solo le daban más ganas de pelear.
Sobre todo cuando recordaba cómo Joana se le aferraba a Arturo, tan tierna y dulce en sus brazos.
Esa imagen le causaba un fastidio tan grande como si tuviera un ejército de hormigas corriéndole por dentro.
No podía aceptarlo.
Tenía que demostrarle a Joana, sí o sí, quién era el que de verdad tenía talento entre los dos.
...
Cuando Fabián por fin llegó a su casa, notó que la sala seguía encendida. Tatiana estaba ahí sentada, con el cansancio pintado en la cara.
Parecía que lo estaba esperando.
Al escuchar la puerta, Tatiana se animó. Se levantó rápido y lo miró con ojos llenos de esperanza.
—¿Fabián? ¿Ya llegaste?
Fabián contestó con un “ajá” bastante seco, sin detenerse ni un segundo.
Pero Tatiana no tardó en notar el moretón en la comisura de sus labios. Se acercó de inmediato, preocupada.
—¿Fabián, qué te pasó en la boca? ¿Te peleaste?
—No es nada.
Respondió eso y pasó de largo, rumbo a su cuarto.
Pero Tatiana, sin soltarlo, le agarró el brazo.



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