Richad noto que algo cambio en el llanto de la joven, en su suplica y sonrió por ello, aun sin saber el motivo verídico, porque para este hombre era más que suficiente el escucharla así de rota, tan rota como lo estaba él.
—No me llames así. —escupió con desprecio, como si la sola idea de que ella lo llamara papá lo ofendiera— Eres una maldita bastarda.
Sky dejó de contar los golpes después del tercero, porque el tiempo dejó de tener sentido para ella, podría haber sido un minuto o una hora, no tenía como saberlo porque todo se volvió una sucesión de destellos, el leño alzándose, el dolor, el sonido sordo contra las mantas, su propio sollozo ahogado, solo esperaba que terminara, solo rezaba, en silencio, para seguir respirando cuando acabara, porque su padre estaba tan fuera de control esa noche, que Sky ya no rezaba porque no le doliera, tampoco pedía que se detuviera, Sky solo pedía seguir con vida, aunque ni siquiera estaba segura de quererlo realmente.
Aquella vez duró apenas cinco minutos, cinco eternos minutos que se estiraron como una noche sin luna, y cuando finalmente la habitación quedó en silencio, Sky permaneció inmóvil, temblando entre las mantas y aunque no tenía olfato de lobo, sabía que el aire en su cuarto olía a miedo, a sudor, a madera húmeda.
Escuchó el leño caer al suelo, los pasos arrastrados de su padre alejándose, el portazo en algún lugar de la casa, y luego, nada.
Tuvo suerte, pensó la joven, y la voz en su cabeza sonó hueca, lejana, nada que le hiciera creer que fuese su loba despertando, aun así, estaba agradecida, porque no veía sangre, además podía seguir moviendo las piernas, y al menos seguía respirando.
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