Las palabras de Hugo dejaron a Belén sin saber qué decir.
Ambos sabían exactamente lo que significaba ese tratamiento.
En cuanto los medicamentos entraran en el sistema de Hugo, su cuerpo se deterioraría a un ritmo alarmante.
Pero si no se sometía a la quimioterapia, podría vivir un tiempo más sintiéndose y viéndose relativamente normal.
El silencio se alargó, hasta que Belén, negándose a aceptar la situación, intentó insistir.
—Pero, Hugo, si no te haces la quimioterapia, nosotros...
Rodrigo intervino suavemente.
—Belén, ya basta. Debemos respetar su decisión.
Ella se quedó paralizada. No quería rendirse, quería seguir luchando.
Pero Hugo se adelantó.
—Gracias, profesor.
Rodrigo asintió en silencio, sin mirarlo. Luego, se giró hacia Belén.
—Quédate platicando con él un rato. Iré afuera a hacer unas llamadas.
Belén asintió, conteniendo las lágrimas.
—De acuerdo.
Cuando el profesor salió, la espaciosa habitación quedó sumida en el silencio, con solo ellos dos.
Belén se sentó en el borde de la cama, miró a Hugo y le dijo con voz temblorosa:
—Has perdido peso.
Hugo le dedicó una sonrisa cargada de ternura. Levantó la mano con lentitud y le pellizcó suavemente la mejilla.
—Tú también estás muy delgada, Belén —dijo con un hilo de voz.
Ese pequeño gesto fue suficiente para romperla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, listas para derramarse.
Al verla así, Hugo sonrió con melancolía.
—No llores por mí, Belén. De verdad, estoy bien.
Pero sus palabras de consuelo solo lograron que ella llorara con más fuerza.
Tobías, desde el pasillo, escuchó los sollozos. Sin pensarlo dos veces, pateó la puerta para abrirla.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....