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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1077

Tobías recuperó la invitación. Al notar la total indiferencia en el rostro de Belén, sintió una repentina oleada de felicidad.

Respondiendo a su pregunta, le explicó:

—Claro que sí. Así funciona el círculo de la alta sociedad. Por debajo de la mesa todos pueden estar apuñalándose, pero en la superficie hay que mantener la fachada de que no pasa nada.

Belén soltó un «ah» desinteresado y le pidió:

—Si vas, dile felicidades de mi parte.

Tobías se echó a reír.

—Si tienes algo que decirle, díselo tú misma. No me gusta hacer de mensajero.

Belén no captó la indirecta y lo miró sorprendida.

—Pero si yo no voy a ir a su boda, ni siquiera me invitó.

Tobías le agarró el brazo con suavidad y, fingiendo molestia, le preguntó:

—¿Acaso ya olvidaste cuál es tu lugar?

Fue entonces cuando Belén comprendió a qué se refería. Por instinto, le respondió:

—Tobías, tú y yo aún no tenemos ese tipo de relación, no puedes...

Al escuchar eso, el rostro de Tobías se volvió serio.

—Tarde o temprano la tendremos.

—Pero yo no fui quien te salvó aquella vez, ni era yo con quien planeabas casarte —soltó Belén.

Al decir esas palabras, sintió como si su propio corazón estuviera sangrando.

Pero lo que había dicho Emilia no era mentira: ella sentía que no estaba a la altura de Tobías.

Al escuchar aquellas palabras tan dolorosas, Tobías no se enojó. En su lugar, levantó la mano y le acomodó con ternura un mechón de cabello que le caía por el rostro.

Acercándose a ella, le preguntó en un susurro grave:

—¿Otra vez estás dejando que las palabras de los demás te afecten?

Belén bajó la mirada, incapaz de sostener la de él.

—Pero todo eso es la verdad.

Tobías, manteniendo la calma, tomó la mano de Belén y la colocó firme sobre su propio pecho.

—Belén Soler, aquí adentro, desde el principio y hasta el final, solo estás tú. No hay espacio para nadie más.

Por la costumbre, asumió de inmediato que era Tobías.

Por eso, no hizo ningún esfuerzo por detener al intruso.

La figura de un hombre vestido de negro saltó hacia el interior. Aterrizó con firmeza, pero tardó unos segundos en incorporarse, como si sus movimientos estuvieran torpes.

Al ver que el hombre caminaba hacia ella, Belén lo llamó en voz baja:

—¿Tobías?

Pero al escuchar ese nombre, los pasos del hombre se detuvieron en seco.

Luego, la figura siguió avanzando. A medida que se acercaba a la luz, Belén pudo distinguir su rostro. No era Tobías. Era Fabián.

El aire se le atoró en los pulmones por el pánico. Antes de que pudiera preguntarle qué hacía ahí, la voz cargada de desprecio de Fabián resonó en la habitación:

—¿Qué pasa? ¿Viene seguido a verte?

El rostro del hombre quedó por fin expuesto a la luz. Al confirmar que era él, Belén preguntó, aún con incredulidad:

—¿Fabián?

Él se detuvo junto a la cama. Los copos de nieve sobre su abrigo negro comenzaban a derretirse por el calor de la calefacción, formando pequeñas gotas de agua.

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