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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1080

No sabía por qué, pero Belén odiaba profundamente esa sensación de ser malinterpretada por él. Su único instinto era correr y explicarle a Tobías cómo habían pasado las cosas realmente.

Pero Tobías no se detuvo a esperarla; siguió bajando las escaleras a toda prisa.

Cuando Belén llegó a la puerta de la habitación, se encontró con Dolores y Leandro.

Dolores la miró alarmada y le preguntó:

—Belén, ¿qué está pasando?

Belén, ahogada por la urgencia, le rogó:

—Dolores, Fabián está adentro en el piso. Por favor, llámale a la nana Camila para que venga por él. ¡Tengo que alcanzar a Tobías!

Sin dar explicaciones, se aferró al barandal y comenzó a bajar las escaleras lo más rápido que pudo.

Aunque físicamente no podía correr, su corazón ya estaba allá afuera con él.

A pesar de no ver a Tobías por ningún lado, salió apresurada de la mansión.

Al llegar a la entrada de la propiedad de los Soler, vio que el auto de Tobías seguía estacionado. Su rostro se iluminó de alivio y comenzó a caminar hacia el vehículo.

Pero por la prisa y el descuido, al salir, su pierna recién operada golpeó contra el pesado portón de hierro. Un dolor agudo y desgarrador recorrió todo su cuerpo en un instante, haciéndola temblar de frío.

Como todo su peso había recaído sobre la pierna sana y ahora perdía el equilibrio, intentó aferrarse al portón, pero estaba demasiado lejos y terminó cayendo hacia el frente.

En ese segundo, Belén cerró los ojos, preparándose para el impacto contra el suelo.

Pero el golpe nunca llegó.

Al abrir los ojos, se encontró con el rostro de Tobías, tenso y lleno de preocupación.

Como un acto reflejo, Belén se aferró fuertemente a las mangas de su chaqueta y suplicó:

—Te lo juro, yo nunca le conté nada.

Tobías la levantó en brazos sin esfuerzo. Bajó la mirada hacia ella, pero mantuvo un silencio absoluto.

Al ver que no decía nada, Belén insistió, con la voz temblorosa:

—Él apareció de la nada. Cuando entró, de verdad pensé que eras tú, hasta dije tu nombre... Jamás me imaginé que sería él.

Tobías caminó con ella en brazos hasta llegar al auto, y solo entonces abrió la boca para decir:

Al entrar, Tobías la depositó suavemente sobre el sofá.

Se arrodilló frente a ella, tomó su pierna lesionada con sus manos cálidas y la revisó cuidadosamente. Luego, frunciendo el ceño, le reclamó en voz baja:

—¿Por qué eres tan descuidada?

Belén bajó la mirada hacia él, pero no respondió.

Al ver que guardaba silencio, Tobías no insistió.

Se puso de pie y caminó hacia los cajones para buscar un botiquín de primeros auxilios.

Regresó con la caja, se arrodilló de nuevo frente a ella, con toda la intención de curarle la herida él mismo.

Al notar que sus movimientos eran un poco torpes, Belén extendió las manos por instinto.

—Déjame, yo lo hago.

Pero, antes de que pudiera tomar el botiquín, Tobías le sujetó las manos con firmeza. Levantó el rostro para mirarla fijamente; esta vez no había rastro de burla, ni de su típica sonrisa coqueta. Con un tono profundamente serio, le dijo:

—Prométeme un par de cosas.

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