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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1092

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Belén apartó la mirada de Tobías y volvió a fijarla en Leandro, con una expresión de determinación absoluta que no admitía réplica.

Al verla tan segura, Tobías no pudo evitar sonreír.

Ella lo llevaba en el corazón. Era una sensación maravillosa.

Pero, aunque las palabras de Belén eran ciertas, Tobías no soportaba verla hacerle frente a su hermano por él. Dio un paso adelante y volvió a resguardarla a sus espaldas.

Justo cuando estaba a punto de añadir algo, Leandro rompió el silencio:

—Pasen a hablar.

Al escuchar eso, tanto Dolores como Rosa dejaron escapar un largo suspiro de alivio.

En cuanto Leandro dio la vuelta para entrar a la mansión Soler, Dolores se apresuró a decirles:

—Belén, Tobías, por favor, pasen rápido.

Rosa bajó los escalones corriendo y se acercó a Belén. Le entrelazó los deditos y, mirando hacia arriba, le dijo:

—Tía, mi papá en realidad te quiere mucho. Es solo que...

Belén sonrió con dulzura.

—Sí, mi amor, la tía lo sabe.

Luego, acarició suavemente el cabello de la niña.

Rosa le devolvió una sonrisa brillante y prometió:

—Entra, tía. Si papá se atreve a regañarte, yo te protegeré.

Y enseguida añadió:

—¡Y también protegeré al tío Tobías!

Tobías soltó una carcajada y le dijo con voz suave:

—Qué niña tan buena eres, Rosa. Entonces el bienestar de tu tía y el mío están en tus manos.

Rosa se dio unas palmaditas en el pecho, muy segura de sí misma.

—¡Tranquilos, misión cumplida!

Con la tensión ligeramente disipada, todos entraron al gran salón.

Justo cuando entraban, Leandro salía de la cocina. Las luces estaban encendidas y se notaba que el personal de servicio seguía trabajando adentro.

Dolores llevó una jarra de agua a la mesa del comedor y le pidió a Rosa que trajera un par de vasos.

Tras servirles, Dolores los invitó:

Tras otro largo e incómodo silencio, Leandro finalmente dejó escapar un leve murmullo:

—Mjm.

Esa simple sílaba fue suficiente para que Belén sintiera que volvía a respirar. Por instinto, giró el rostro hacia Tobías, quien también la estaba mirando. Al cruzar sus miradas, ambos compartieron una sonrisa cómplice.

En ese momento, Leandro se levantó del sofá. Sacó algo del bolsillo interior de su saco y se lo extendió a Tobías.

—Toma, es para ti.

Cuando Tobías bajó la mirada, se dio cuenta de que era un obsequio, un estuche elegante con un detalle de bienvenida, símbolo de que la familia lo aceptaba formalmente.

Al ver el regalo, Tobías se quedó paralizado. Con los ojos llenos de incredulidad, preguntó:

—Leandro... ¿esto es para mí?

Leandro asintió levemente.

—Sí. Tómalo.

Con las manos temblorosas, Tobías extendió los brazos para recibirlo, y con la voz entrecortada, murmuró:

—Gracias, Leandro.

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