Cuando ambos caminaban de la mano hacia la entrada de la mansión Soler, Leandro y su familia ya los habían visto.
Rosa, que estaba parada frente a Dolores, soltó por puro instinto:
—¡Tía!
No era difícil notar la preocupación y el cariño en la voz de la niña.
Era de suponerse que, durante las más de veinte horas que Belén había estado desaparecida, Leandro había perdido los estribos.
Con cada paso que daban para acercarse, el miedo de Belén crecía.
Pero Tobías la sostenía con una firmeza implacable; su mano era como una tenaza de la que le resultaba imposible soltarse.
Al llegar, Tobías se detuvo. Sin ningún reparo, siguió sosteniendo la mano de Belén a la vista de todos y, con expresión seria, se dirigió al hombre frente a él:
—Leandro.
Lo llamó con respeto, pero Leandro lo ignoró por completo.
A Tobías no pareció importarle. En cambio, giró el rostro hacia Dolores y la saludó con amabilidad:
—Dolores.
Ella, mucho más cálida, le respondió con una sonrisa brillante:
—Qué bueno que regresaron a salvo.
Mientras tanto, Rosa no apartaba la mirada de Belén, con los ojitos llenos de angustia.
La mirada de Leandro, por el contrario, era sombría. Sus ojos se clavaron en Belén e, inevitablemente, notaron las marcas rojizas en su cuello.
No hacía falta ser un genio para adivinar lo que había pasado.
Al darse cuenta, una furia sorda comenzó a hervir en su interior, pero hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para contenerla.
Belén sabía que su hermano estaba furioso, así que lo llamó con un hilo de voz:
—Leandro...
Al escuchar eso, Belén no pudo evitar levantar la vista hacia su hermano y suplicarle:
—Leandro, por favor, no seas así. A mí... a mí me gusta Tobías.
Apenas terminó de hablar, Tobías se giró a mirarla, sorprendido. Ver el rostro ansioso de Belén abogando por él hizo que su corazón diera un vuelco.
Él podía soportar la humillación, pero no quería que ella tuviera que rogar por él.
Por eso, se apresuró a decirle:
—Belén, el deseo de casarme contigo es mío. No importa qué obstáculos haya, yo soy quien debe resolverlos. Sé buena y quédate detrás de mí.
Pero ella, al escucharlo, lo miró fijamente y le contestó:
—Querer casarte conmigo es asunto tuyo, pero querer casarme contigo es asunto mío. No estoy rogando por ti, estoy rogando por mí misma.
Esas palabras hicieron que el pecho de Tobías se llenara de una emoción indescriptible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....