Las manos de Tobías cobraron vida propia. Acariciaron la cintura de Belén y sus dedos, traicioneros, sintieron el impulso de deslizarse bajo su ropa.
Pero apeló a toda su fuerza de voluntad para detenerse.
Después de todo, seguían en la mansión Soler. Besar a Belén en esa cocina ya era jugar con fuego; llevar las cosas más lejos sería cruzar una línea peligrosa.
Tobías detuvo el atrevimiento de sus manos y simplemente la abrazó con fuerza.
Belén, completamente embriagada por el beso, dejó que sus manos se movieran por instinto, buscando colarse por debajo de la camisa de él.
Anhelaba la sensación de su piel, la fuerza innegable de su cuerpo.
Pero justo cuando sus dedos rozaron el abdomen de Tobías, él le sujetó las muñecas con firmeza.
La abrazó contra su pecho. Su respiración pesada y errática resonó cerca de su oído.
—Belén, tendremos que esperar a estar en otro lugar. Aquí no —jadeó él.
La advertencia fue como un balde de agua fría que la desinfló. Perdió toda su fuerza y dejó caer su cabeza sobre el pecho de Tobías. El calor que emanaba de su rostro traspasaba la fina tela de la camisa de él, torturándolo como si mil garras invisibles le arañaran el alma.
La noche anterior no había pegado un ojo. Se la pasó debatiendo si debía trepar por su ventana para robarle una noche de pasión.
Pero se contuvo. Sabía que podía hacer el amor con Belén en cualquier parte del mundo, pero bajo el techo de la familia Soler no era el momento ni el lugar.
Belén también lo entendía. Por eso, cuando él la detuvo, sintió un profundo alivio.
Era evidente que Tobías la deseaba con una intensidad abrumadora, pero el hecho de que pudiera controlarse demostraba cuánto la respetaba. Eso era invaluable.
Sentada en la encimera, con la mejilla apoyada en su pecho, Belén escuchaba el latido fuerte y constante de su corazón.
Se quedaron así, en silencio, dándose tiempo mutuo para apaciguar el fuego que les recorría las venas.
De fondo, el suave burbujeo del desayuno en la estufa servía de cortina para ocultar sus respiraciones agitadas.
Ella sabía que se había enamorado de Tobías, pero jamás imaginó que él sería como una droga, volviéndola completamente adicta a su presencia.
Unos minutos después, Tobías la tomó de la cintura y la bajó con cuidado de la encimera. Asegurándose de que estaba firme sobre sus pies, le habló con voz aterciopelada:
—Voy a revisar el desayuno. Espérame un segundo, preciosa.
Belén observó su espalda ancha y no pudo evitar que una sonrisa boba se dibujara en sus labios.
Tobías revolvió la comida con un cucharón y anunció:
—Ya está listo. Te serviré un poco para que lo pruebes. A ver si te gusta.
—Está bien —respondió ella dócilmente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....