Sin embargo, los amigos de Tobías parecían no darle la menor importancia a su pasado; de hecho, la trataban con un respeto absoluto.
Al pensar en esto, Belén no pudo evitar sentirse un poco inferior.
Al menos, en su propia vida, nunca había contado con amigos de esa calidad.
Entre todo el círculo de conocidos de Fabián, no se le ocurría ni una sola persona que tuviera la decencia de Mateo o de Esteban.
Tal vez a eso se refería el dicho: dime con quién andas y te diré quién eres.
Tobías, sabiendo que Belén era una mujer de piel muy fina y se apenaba rápido, decidió intervenir para quitarle la presión de encima y se dirigió a Esteban.
—Vamos a cenar primero, que ya todos tenemos hambre.
Esteban no era de los que prolongaban situaciones incómodas, así que alzó la voz hacia la puerta.
—¡Mesero!
Segundos después, alguien llamó a la puerta.
—Pase —indicó Esteban.
El mesero se asomó respetuosamente.
—¿Desean que comience a servir los platillos?
—Sí, por favor —confirmó Esteban.
En cuestión de minutos, la mesa comenzó a llenarse con la cena.
Después de levantar las copas para brindar por el cumpleaños de Fabio, Tobías, Esteban y Mateo se enfrascaron en una charla sobre negocios y trabajo.
Belén no tenía cómo intervenir en la conversación, así que bajó la mirada y se concentró en comer tranquilamente.
Fabio hizo lo mismo; con la vista fija en su plato, comía sin decir una sola palabra.
La única diferencia era que, cada cierto tiempo, el plato vacío frente a Belén volvía a llenarse mágicamente con porciones nuevas.
Aunque Tobías estaba inmerso en la charla con sus amigos, no dejaba de cuidarla con una delicadeza extrema.
Sus gestos no parecían forzados ni calculados; más bien, brotaban como un instinto natural, como si lo llevara grabado en la memoria.
Al notar esa atención tan genuina, el corazón de Belén terminó por derretirse.
La cena se prolongó por unas dos horas.
No hubo alcohol en la mesa, solo pidieron refrescos y bebidas preparadas.
—No pasa nada, te llevo cargada, da lo mismo —respondió.
Y sin darle tiempo a protestar, dio un paso al frente y la levantó en brazos.
Antes de que ella pudiera quejarse, Tobías ya caminaba a paso firme hacia el interior del local.
Al ver que resistirse era inútil, Belén decidió no decir nada y simplemente se dejó llevar.
El trayecto no tomó mucho tiempo, a lo sumo unos cinco minutos.
Al regresar, Tobías la depositó con cuidado en el asiento del copiloto. Tras asegurarse de que tuviera puesto el cinturón de seguridad, le dio un beso en la frente, como ya se estaba volviendo costumbre.
—¿Nos vamos a casa? —le preguntó.
Antes de que Belén pudiera responder, su mirada se desvió por encima del hombro de Tobías hacia la calle, donde estaba estacionado un auto muy familiar. Era el vehículo de Fabián.
Al fijarse en el asiento del conductor, vio que la ventanilla estaba a medio bajar, dejando al descubierto el rostro nítido de su aún esposo.
En ese preciso instante, una mirada sombría, tensa y cargada de una complejidad indescifrable se clavó directamente en los ojos de Belén.
Al momento en que sus miradas chocaron, ella sintió un escalofrío. Por instinto, empujó levemente el pecho de Tobías y susurró:
—Tobías... es Fabián.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....