Después de acompañar a Hugo de regreso al hospital, Belén se quedó mucho tiempo con él, incapaz de sacudirse la preocupación.
Tobías, al ver que no podía intervenir en la conversación, salió a comprar algo de comida.
Cuando regresó a la habitación, ambos seguían conversando.
Belén abrió los recipientes y compartió con Hugo algo de sopa y platos ligeros.
Hugo no quería que Belén se fuera, pero Tobías había estado esperando a un lado todo el tiempo y él no se sentía con el derecho de retenerla más.
Finalmente, no pudo evitar sugerirlo en voz baja.
—Belén, deberías irte a casa.
Con el corazón lleno de inquietud, ella preguntó.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Él sonrió con amargura.
—Estoy en un hospital, ¿qué podría pasarme?
Aunque sus palabras tenían lógica, a Belén le angustiaba la idea de dejarlo completamente solo.
Se mordió el labio inferior, dudando en hablar.
—Hugo, creo que mejor...
Quería proponerle quedarse a cuidarlo, pero Hugo se le adelantó, cortando sus intenciones.
—Suficiente, vete a descansar.
Belén quiso insistir.
—Pero...
Hugo la interrumpió una vez más.
—Belén, vete. Te prometo que estaré bien. Mírame, ya estoy en las últimas, ¿qué podría pasar que sea peor que esto?
La ansiedad devoraba a Belén, pero en el fondo sabía que quedarse no cambiaría nada.
Ella no podía salvarlo.
Al final, sin más alternativas, aceptó su decisión en silencio.
Tras asegurarse de que Hugo terminara su cena, Belén se puso de pie. Lo miró fijamente y dijo.
—Hugo, llámame si necesitas cualquier cosa. Me voy.
Hugo la observó con una leve sonrisa.
—Ve con cuidado.
—Lo sé.
Belén hundió el rostro contra el pecho de Tobías, justo sobre su corazón.
—Tobías, tengo miedo.
Él soltó un ligero suspiro.
—No soy un dios. Y en este tema, no hay nada que pueda hacer para quitarte ese miedo.
Era la cruda verdad. Él no era médico, ni mucho menos una deidad. No podía hacer nada. Era absolutamente impotente ante la situación.
Belén sabía que Tobías tenía razón. Al mismo tiempo, se sentía inmensamente débil, abrumada por la impotencia. Dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre él. Tobías la sostuvo con firmeza, sin dejar de acariciarle el cabello.
Pasó un buen rato antes de que Belén lograra tranquilizarse un poco. Se enderezó, alzó el rostro hacia él y le dijo.
—Vámonos a casa.
Él le tomó la mano y respondió con ternura.
—De acuerdo, te llevaré.
Así, Tobías condujo de regreso, llevándola hasta la entrada de la mansión Soler.
Pero apenas detuvo el auto, Belén alcanzó a ver un lujoso auto estacionado a un lado del camino. Era el de Fabián Rojas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....