Beatriz notó la intensidad en los ojos de Leopoldo y, por alguna razón, sintió que este encuentro era completamente distinto al anterior en el club. Su mirada ahora ardía mucho más que aquella vez.
Desde que llegaron al hospital, Leopoldo se mostró atento en todo momento.
Beatriz, al ver la expectación en sus ojos, habló con calma:
—Señor Leopoldo, él no está equivocado, nosotros fuimos esposos.
Javier frunció el ceño y la miró, sus ojos chispeaban de enojo.
—¿Cómo que fuimos? Seguimos siendo esposos.
Después, dirigió su mirada desafiante a Leopoldo, sin ocultar su postura dominante, y declaró en voz alta:
—Señor Leopoldo, sí, somos esposos. Antes y ahora también. Solo que no lo hemos hecho público, pero con que usted lo sepa, basta.
Él sabía que Beatriz no quería que todos lo supieran, pero en ese momento le nacía el deseo de gritarle al mundo entero que ella era su esposa. Aquel año, cuando no pudo anunciar su matrimonio, ya le había fallado. Pero ahora, frente a este hombre, sentía lo mismo que cuando Raúl Lara apareció: la sombra de un rival.
Leopoldo y Thiago López le transmitían ese mismo presentimiento. Desde hacía un tiempo, notaba que la mirada de Thiago, tan dura antes, ahora se suavizaba cuando posaba sus ojos en Beatriz. Lo escondía, sí, pero él, como hombre, lo percibía al instante.
Esa mirada cargada de cariño... cualquiera lo entendería.
Leopoldo, conmocionado y con un dejo de tristeza, contempló el rostro vivaz de Beatriz y preguntó:
—Beatriz, ¿te casaste?
Beatriz nunca fue de hablar de sus asuntos sentimentales, así que prefirió desviar el tema.
—¿Cómo está el señor? ¿Mejoró?
De pronto, Leopoldo sonrió. Siempre decían que quienes sonríen poco, cuando lo hacen, iluminan todo a su alrededor. Así era Leopoldo: de golpe, se llenó de vida, como si en sus ojos habitaran estrellas.
—Beatriz, gracias a ti, mi papá por fin me aceptó. Incluso me prometió que me dará el puesto de sucesor. Todo fue gracias a ti y a Agustín.
Jamás imaginó que ella sería quien lo sacara de ese pozo, de esa oscuridad. Ahora, Beatriz era su salvadora.
—Beatriz, mi papá ya está bien, no tienes que preocuparte. Los que más lastimados quedaron son tú y Agustín, así que vayan a recibir su tratamiento primero. Por cierto, bajé y te compré agua, toma.

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