—Hermana, de verdad lo siento mucho. Si todavía estás enamorada de Ignacio, me hago a un lado. Renuncio a él para que puedan ser felices.
Leticia hablaba entre sollozos, con lágrimas resbalando por sus mejillas.-
Gala, que apenas había logrado contenerse, sintió que la rabia volvía a encenderse como pólvora.
—¡Deja de hacerte la mosquita muerta! Le robas el novio a tu propia hermana y todavía tienes el descaro de decir esas tonterías. ¡No tienes vergüenza! ¡Eres un monstruo!
—¡Ya fue suficiente! —rugió Ignacio, fulminando a Gala—. Vuelves a decir una sola palabra contra Leticia y te juro que no me importará que seas mujer.
Gala dio un paso al frente, lista para responder, pero Yuliana extendió la mano y la detuvo.
Los dedos de Yuliana, ligeramente fríos, se cerraron alrededor de la muñeca de su amiga.
No usó mucha fuerza, pero transmitía una calma tan imponente que obligó a Gala a tragarse la furia que estaba a punto de soltar.
Todas las miradas de la sala se clavaron en ella. Algunos la observaban con curiosidad, otros con lástima, y en los ojos de Leticia brillaba una burla mal disimulada.
Todos esperaban verla derrumbarse, llorar desconsolada o armar un escándalo histérico.
Pero Yuliana no hizo nada de eso.
Soltó lentamente la muñeca de Gala, dio dos pasos hacia adelante y clavó su mirada directamente en el rostro bañado en lágrimas de Leticia, ignorando por completo a Ignacio.
Una sonrisa gélida y cortante apareció en sus labios.
—¿Renunciar a él?
Su voz era aterradoramente serena, sin la más mínima pizca de dolor.
—Leticia, hay que tener la cara muy dura para decir eso. Si de verdad estuvieras dispuesta a hacerte a un lado, no te habrías metido en mi cama para empezar.
El llanto de Leticia se cortó de golpe y el pánico destelló en sus ojos.
El rostro de Ignacio se oscureció. Estuvo a punto de abrir la boca para defenderla, pero Yuliana lo cortó en seco.
—Ignacio, ¿dices que yo la maltrataba?



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