El ambiente estaba cargado de ese calor húmedo, pegajoso y con una sensación tan extraña que le provocó a Florencia un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.
A pesar de que el aire acondicionado estaba a tope y el cuarto parecía una nevera, la temperatura entre ellos solo subía y subía.
En los ojos de Florencia se asomó un brillo de inquietud. Movió la cintura, apartando la boca y la lengua que sentía rozándole la oreja.
Ella no dijo una sola palabra, pero Salvador sintió enseguida cómo su cuerpo se ponía tenso.
—Flor… —murmuró él, con la voz baja y ronca, arrastrando su nombre.
Había algo de nostalgia y anhelo entrelazado en sus palabras.
El aliento cálido que le rozaba el lóbulo de la oreja era imposible de ignorar, igual que el calor que emanaba su cuerpo.
Florencia sintió una presión distinta en la espalda y, antes de que él pudiera terminar lo que iba a decir, lo interrumpió sin dudar:
—Salvador, no me toques.
Su voz, tan fría como un balde de agua helada, cayó directo sobre Salvador.
No soltó ninguna de esas frases filosas que solía decir, pero el tono bastó para cortarlo.
—Flor, somos esposos. Y, bueno… ya tiene mucho que… —Salvador intentó recordarle que ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que habían tenido intimidad.
Pero ella ya se había volteado, quedando de frente a él. En sus ojos, tan distantes y serenos que no reflejaban emoción alguna, se veía su figura y, al mismo tiempo, era como si él no estuviera ahí.
Esa mirada era tan impasible, que parecía que nada ni nadie de este mundo podía dejar huella en ella.
El poco calor que le había nacido en el pecho, se apagó de golpe.
Pero eso no fue todo. Todavía escuchó cómo Florencia le soltaba, con una voz tan plana que ni siquiera parecía hablar con él:
—¿Un señor como tú, Salvador Fuentes, que ni siquiera se aparece en casa, también necesita buscar consuelo en su esposa?
—Ha sido solo el trabajo, no hay otra mujer. —Salvador dudó un poco, pero al final soltó la explicación—. Solo tú, siempre has sido tú.
Su voz era profunda, agradable al oído. Cuando decía cosas dulces, tenía el efecto de una melodía de violonchelo: suave, envolvente, capaz de atrapar a cualquiera.
Eso era antes.
Ahora, Florencia estaba demasiado tranquila. Con una frialdad absoluta y sin apartar la mirada de la suya, le devolvió otra pregunta:
—¿Y eso qué?
El gesto de Salvador se endureció de inmediato. Florencia aprovechó su desconcierto para levantarse de la cama:
—Tus asuntos ya no me interesan. Si de verdad tienes alguna necesidad, busca a quien quieras. No me tienes que dar explicaciones.
Ella solo había vuelto por su madre, y aceptar estar bajo el mismo techo que Salvador ya era ceder demasiado. Nada más iba a conseguir de su parte.
Salvador, desanimado tras recibir un rechazo tras otro, ya no tenía ánimos de seguir. Contestó con voz seca:
Florencia, ya acostumbrada, sacó las pastillas del empaque y las metió en su frasco de vitaminas.
Al volver a Jardines de Esmeralda, no había pasado mucho tiempo cuando recibió la llamada de Facundo. Por la hora, seguro ya le había llegado la noticia de la demanda.
Florencia no contestó. Él marcó dos veces, y como vio que ella no respondía, terminó por dejar de insistir.
Florencia no se quedó tranquila, así que le pidió a la psicóloga que cuidara bien a Juliana.
La psicóloga le mandó una foto de Juliana, quien seguía pegada a Facundo como siempre. Eso le dio un poco de paz a Florencia.
La doctora también le comentó brevemente cómo iba la situación de Juliana.
Florencia recordó vagamente que su abuelo alguna vez mencionó que Juliana había pasado por algo en su juventud, y que después de eso, insistió en casarse con Facundo.
Al abuelo nunca le cayó bien Facundo.
Tampoco hablaba mucho de él, así que Florencia nunca entendió del todo qué había pasado en aquella época.
Pero tenía la certeza de que lo que le había ocurrido a Juliana, y que la llevó a casarse con Facundo, estaba relacionado con su situación actual.
Si quería aclarar esas dudas, solo le quedaba preguntarles directamente a Juliana o a Facundo.
Por ahora, decidió dejar el tema. Le pidió a la psicóloga que, por favor, no le mandara más fotos de Juliana pegada a Facundo, pues verla así le revolvía el estómago.

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