En el baño, el agua del grifo corría sin parar.
Martina entró desde afuera y se plantó junto a Florencia.
—¿A poco no te da curiosidad, hermana? —le soltó con una sonrisa irónica—. ¿No te preguntas por qué la gente que antes te apoyaba de repente cambió de bando?
El reflejo en el espejo mostraba el rostro de Martina curvado en una mueca burlona, como si se estuviera riendo de ella sin decir palabra.
Florencia se sacudió el agua de las manos, ignorándola.
Martina siguió hablando, como si no necesitara respuesta.
—Hermana, ¿por qué eres tan terca? Tú y Salvador apenas llevan un año casados. ¿Cómo podrías competir con lo que Salvador y yo tenemos, que ya va para diez años? Puede que últimamente me haya dejado de lado por alguna razón, pero nunca me va a dejar.
—¿Viniste a presumirme eso? Si es así, mejor llévatelo de una vez —contestó Florencia, mirándola sin pizca de emoción. Después de tanto dolor, ya nada le movía el ánimo.
Martina notó lo erguida que estaba Florencia, la forma en que la miraba de arriba abajo, como si Martina no valiera nada. Eso era lo que más le molestaba: cada vez que cruzaba la mirada con Florencia, sentía que la despreciaba.
Y eso la llenaba de ganas de romperle en pedazos ese orgullo absurdo que tenía.
—¿Sabes, hermana? Tú solo sabes que fui yo quien vendió tu canción a Entretenimiento Luna de Diamante, pero seguro ni te imaginas cómo la conseguí.
Florencia apretó los puños, pero no dijo nada.
—Fue Salvador. Sí, él tenía el video donde tocas la canción en su celular. Él me lo pasó. —Martina se rio sin disimulo—. ¿A que eso no te lo esperabas? Mientras él te ayudaba a buscar pruebas, ya sabía todo desde el principio.
Un zumbido le llenó la cabeza a Florencia. Hasta las piernas le temblaban.
Claro que había sospechado de Salvador. Esa canción, antes de dársela a Thiago, solo la había escuchado Emilia y, por supuesto, Salvador.
Y justamente esta vez, había compuesto ocho canciones. Solo esa, Espina, se la había tocado a Salvador. Solo esa fue la que acabó robada.
Pero una cosa era sospechar, y otra muy distinta escuchar la verdad en boca de Martina. Eso le retorció el corazón.
Martina la miró tambalearse y, satisfecha, remató:
—¿Ves, hermana? Por más que seas la señora Fuentes, Salvador siempre me va a elegir a mí.
...
Florencia no supo ni cómo salió del baño. Solo pensar que mientras buscaba pruebas, Salvador estaba a su lado, diciéndole palabras bonitas y mirándola como si fuera una tonta, le apretaba el pecho y le costaba respirar.
Allá afuera, un grupo de empleados del Grupo Guzmán ya la esperaba en el pasillo para llevarla a firmar el contrato de rescisión.
Salvador había puesto sobre la mesa condiciones tan jugosas que, en el fondo, todo ya estaba decidido. Nadie se preocupaba por cómo se sentía Florencia, ni mucho menos por descubrir de quién era realmente esa canción.
En la sala de juntas, el ambiente seguía enrarecido. Nadie sonreía, y el contrato de rescisión esperaba sobre la mesa.
Thiago rompió el silencio:

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