—Señorita Villar, ya la vez pasada le advertí que su estado de salud no anda nada bien. Esta vez tuvo suerte, pero si sigue descuidándose así, la próxima…
Mauro y Florencia salieron del consultorio; él venía con el ceño fruncido, hablándole con toda la paciencia del mundo.
Florencia escuchaba en silencio, una sombra amarga asomándose en sus ojos.
Mauro soltó un suspiro y continuó:
—Señorita Villar, no se trata solo de su salud física, también tiene que cuidar su estado de ánimo. Si sigue tan apagada, eso también puede afectar al bebé. No sé qué le pase, pero, sea como sea, lo más importante es el bebé. ¿Por qué no intenta dedicarle tiempo a algo que le guste? Relájese un poco, busque distraerse.
—Ya entendí —contestó Florencia, mirando a Mauro con una expresión agradecida, aunque cansada.
En ese momento el elevador se abrió. Cuando Florencia iba a salir, lo primero que vio fue a Salvador parado justo en la puerta.
Instintivamente apretó el bolso donde guardaba los papeles de sus chequeos. Temía que Mauro dijera algo que Salvador pudiera escuchar, así que se adelantó:
—¿Y tú qué haces aquí?
Mientras hablaba, no pudo evitar que la inquietud la invadiera. ¿Cuánto tiempo llevaba Salvador ahí? ¿Había visto de dónde salía ella?
—Esa pregunta debería hacértela yo —replicó Salvador—. ¿Por qué viniste al hospital? ¿Te sientes mal?
—Es solo un resfriado, vine por unas medicinas.
La verdad es que Florencia estaba agotada, con la voz ronca de tanto llorar. Decir que era un resfriado encajaba perfecto.
Ciro ya le había dicho a Mauro lo que debía hacer en caso de dudas. Así que, captando la señal, Mauro fue enseguida a buscarle dos cajas de medicina para el resfriado.
Salvador apenas le echó una mirada a las cajas, luego le dijo:
—Ya que tienes las medicinas, vámonos a casa.
Florencia no quería que Salvador rondara más por el hospital. Cada segundo que él permanecía ahí la ponía más nerviosa, así que no discutió. Saludó rápido a Mauro y se fue con Salvador.
...
En el pasillo de las escaleras, Martina observó cómo Salvador y Florencia se alejaban juntos. Apenas los perdió de vista, se adelantó y detuvo a Mauro:
—Doctor, disculpe. La señorita con la que hablaba hace rato es mi hermana. Noté que se veía muy mal. ¿En serio solo es un resfriado?
Mauro la miró con el ceño apretado:
—¿Eres la hermana de la señorita Villar? ¿No sabes lo que le pasa?
Martina titubeó, sin entender del todo a qué se refería Mauro.
—He estado muy ocupada con el trabajo, hace mucho que no veo a mi hermana. ¿De verdad es solo un resfriado? ¿O tiene algo más?
Por un instante su mirada pareció esquiva, pero Mauro lo notó y replicó:
—Pues sí, solo es un resfriado. ¿O esperabas que tuviera otra cosa? Si eres su hermana, ¿no deberías preguntarle a ella directamente?

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