El nombre de Martina era como una espina clavada entre Florencia y Salvador. Frente a semejante tema, Noah prefirió mantener la boca cerrada y se concentró en manejar, como si no hubiera escuchado el comentario de Florencia.
A Florencia la indiferencia de los otros no le quitaba el sueño. Volvió a hablar:
—Me da igual dónde esté. Pero si mi madre terminó así por culpa de Martina, no pienso dejarlo pasar.
Salvador la miró de reojo, con la vista clavada en ella por un segundo. De pronto, soltó:
—Martina se va a ir pronto.
Un mes, en realidad, no era tanto. Salvador había pensado que, ahora que Florencia estaba de vuelta, podría resolver todo lo relacionado con Martina de una vez por todas. Sin embargo, la vida se encargó de arruinarle los planes antes de tiempo.
Florencia no preguntó a qué se refería con “pronto”. Solo se quedó ahí, callada.
El carro se detuvo frente a Jardines de Esmeralda.
Salvador bajó primero y le cargó las maletas hasta el interior de la casa.
Parecía que tenía algo más que decirle, pero Florencia ni siquiera volteó; subió directamente las escaleras. Salvador se quedó mirando su espalda, con la sensación de que su esposa, esta vez, venía más distante que nunca.
Incluso se preguntó si, de no ser por el asunto de Juliana, habría encontrado algún pretexto para pedirle a Florencia que regresara. O quizá, en todo Solara, ya no quedaba nada capaz de traerla de vuelta.
Por suerte, el “y si” no existía. Por suerte, Juliana seguía en Solara, y eso garantizaba que Florencia tampoco se iría de Jardines de Esmeralda.
Aún tenía tiempo. Cuando Martina se fuera, podría dedicarse a reconquistar a Flor.
...
Florencia se dio un baño rápido, se arregló apenas un poco y bajó a desayunar. Cuando terminó, ya eran las siete y media. A esa hora, visitar a Juliana en el hospital venía perfecto.
Pensó en preguntar directamente por el número de habitación para ir sola, pero Salvador insistió en acompañarla. Florencia, sin ganas de discutir, terminó aceptando.
En la habitación, Juliana seguía dormida. Afuera, el asistente de Facundo hacía guardia.
Al verla, el asistente se apresuró a marcarle a Facundo.
Florencia lo notó, pero no lo detuvo. Sabía que sacarle información a Juliana sería inútil; también necesitaba que Facundo estuviera presente.
Juliana, aún dormida, se veía inquieta. Florencia notó cómo fruncía el ceño, su cara más delgada de lo normal, las quemaduras extensas que le cubrían desde la clavícula hacia abajo.
La piel, llena de enormes ampollas.
Eran heridas recientes.
Si las quemaduras hubieran subido apenas un poco más, habrían alcanzado el cuello. De solo pensarlo, a Florencia se le heló el alma.
Giró hacia Salvador y le preguntó:
—¿A esto le llamas “un pequeño rasguño con el carro”? ¿No que no era grave?
Las heridas, tan cerca de ser mortales, ¿cómo podían no ser graves?
Salvador parecía igual de desconcertado. Florencia alcanzó a oírlo murmurar para sí mismo, preguntándose cómo era posible que fueran quemaduras.

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