Florencia se giró de golpe, solo para ver a Juliana entrando, sostenida por el asistente de Facundo.
Aunque su voz era débil, eso no impedía que sus ojos, al mirar a Florencia, se llenaran de reproches.
—Mamá…
Florencia apenas alcanzó a abrir la boca, cuando Juliana ya se había acercado y la apartó de un jalón.
—¡Florencia! ¿Ahora con qué estás haciendo tu show? Te he dicho un millón de veces que hagas caso a tu papá. ¿Quién te dio derecho a tratarlo así?
El tono de Juliana era casi idéntico al de siempre, cada frase cargada de burla, como si Florencia solo estuviera buscando llamar la atención. Florencia bajó la mirada, fijándose en las quemaduras que cubrían el cuerpo de Juliana.
—¿Hacerle caso? Tú sí que le haces caso, pero dime, ¿él alguna vez se ha preocupado por ti?
—Mira en lo que te has convertido estos años. ¿No eras tú la que más se cuidaba, la que siempre estaba pendiente de su apariencia? ¿Por qué no te miras al espejo y ves cómo quedaste?
Florencia sacó su celular y, con manos temblorosas, activó la cámara frontal, intentando que Juliana se enfrentara a la realidad.
Pero en cuanto Juliana vio su reflejo en la pantalla, de inmediato apartó el teléfono de un manotazo, tirándolo al piso.
—¡Deja de meter cizaña! Esto no tiene nada que ver con tu papá, él ni siquiera estaba ahí.
Facundo, viendo la oportunidad, intervino:
—¿Ya ves, Flor? Estás malinterpretando a papá. Ya lo dijo tu mamá, fue un accidente, nada más. Si no le crees a papá, ¿acaso tampoco le crees a tu mamá?
El aire de superioridad de Facundo solo hizo que Florencia sintiera más repugnancia. Juliana, por su parte, la tomó del brazo, suplicándole:
—Florencia, por favor, te lo pido. Ya no vuelvas. Hazme el favor de desaparecer de mi vida, finge que no tienes madre. No vengas más a causarme problemas.
Florencia ya había escuchado palabras igual de duras infinidad de veces, pero aun así no podía evitar que le dolieran. Su rostro palideció tanto que parecía a punto de desmayarse.
Salvador entró, dispuesto a detener a Florencia antes de que la cosa se saliera de control, pero al verla tambalearse, cambió de idea y se apresuró a sostenerla.
Él la sostuvo con cuidado, luego miró a Juliana y le reclamó:
—Señora, ¿no cree que se está pasando? Flor solo está preocupada por usted. Ella…
—¿Preocupada por mí? ¿Acaso lo necesito? Tú eres su esposo, ¿no? Si ya están casados, ¿por qué no se quedan en su casa haciendo lo que les toca como pareja? No quiero que se metan en mi vida. Váyanse los dos, ¡a partir de hoy no quiero que ninguno de los dos se meta en mis asuntos! —gritó Juliana.

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