Después de que Martina salió, Facundo dudó un momento antes de regresar a la habitación de Juliana.
Juliana estaba sentada en la cama, con la mirada perdida, como si su mente vagara por otro mundo. Lo primero que Facundo notó fue la gran área de ampollas por quemaduras en el cuello de Juliana.
Arrugó el entrecejo, y por un instante, en sus ojos apareció un destello de desagrado, aunque lo ocultó casi de inmediato.
Se acercó a la cama, usando una voz suave.
—Juliana, ¿en qué piensas?
Ella volvió en sí, y al mirarlo, sus ojos, que hace un segundo parecían vacíos, cobraron vida de repente.
—Estaba pensando en la empresa, Facundo. Volviste, ¿cómo te fue? ¿Ya se fue esa Florencia?
Facundo asintió y soltó un suspiro.
—Juliana, hoy te pasaste con Flor. ¿No te da miedo que de verdad ya no te quiera como madre?
Sus ojos la observaban con una mezcla de curiosidad y preocupación.
Aunque sabía que Juliana siempre le había seguido la corriente durante todos estos años, no podía evitar preguntarse si de verdad era necesario ser tan dura con su hija. ¿No se le había ido la mano?
Juliana mantenía las manos bajo la sábana, y sus uñas, apretando con fuerza, se notaban blancas. Miró a Facundo de frente.
—Facundo, después de todo lo que ella te hizo, ¿todavía tienes el descaro de defenderla? Una hija tan rebelde, ni falta hace tenerla cerca.
Facundo no apartó la mirada de Juliana. Buscó alguna señal de arrepentimiento en su expresión, pero no encontró nada. Su sospecha se fue desvaneciendo.
—Bien, entonces haremos lo que tú digas, Juliana.
Ella asintió y la comisura de su boca se levantó mostrando una sonrisa.
—Eso está mejor. Ya te dije que yo también puedo hacer que la empresa sea rentable. ¿Para qué seguir soportando el humor de Florencia? Mejor vivamos a nuestra manera.
Seguía dependiendo de él, como siempre. Facundo estiró la mano con la intención de abrazarla, pero lo detuvo al ver la extensión de quemaduras en su cuerpo.
Dejó caer la mano y dijo:
—Juliana, descansa un rato. Tengo cosas que hacer. Más tarde regreso a verte.
Juliana no preguntó nada. Esperó hasta que la puerta se cerró por completo para sacar la mano de debajo de la sábana; la palma estaba marcada de moretones por la fuerza con la que se había apretado.
Junto a la cama, había un espejo. Bastaba con girar un poco la cabeza para ver la cicatriz enorme y sangrante que recorría su cuello, tan grotesca que daba miedo.
Juliana solo la miró un instante, luego apartó la vista.
Sacó el celular y mandó un mensaje.
[Apúrense y tráiganme el acuerdo de desvinculación familiar.]

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