Salvador de pronto bajó la cabeza y la besó de manera salvaje, como si fuera un perro hambriento que por fin encuentra carne, devorando con urgencia y sin el menor control.
Florencia alcanzó a oírlo murmurar, con la voz entrecortada:
—Parece que la señora Fuentes tiene muchas quejas sobre mí. Debe ser culpa de este marido tuyo, que ha descuidado las necesidades de su esposa.
El ambiente en la habitación se volvió denso, el calor subía y una tensión eléctrica llenaba el aire. El corazón de Florencia latía tan rápido que sentía que podría salirse de su pecho, pero no era por la pasión del momento, sino por una angustia difícil de explicar.
Hizo un esfuerzo y giró la cabeza para evitar los labios ardientes de Salvador. Cuando por fin logró liberar su boca, soltó sin rodeos:
—Salvador, ¿acaso eres un perro? ¿No puedes controlar tus instintos ni un segundo?
Salvador ya conocía el carácter de Florencia y sus palabras afiladas, así que no se ofendió. Sujetándola del mentón, la obligó a mirarlo de nuevo.
—No seas tan ruda, señora Fuentes. ¿No eras tú la que quería que su esposo cumpliera con sus deberes?
Se inclinó de nuevo y la besó con fuerza, el aroma a madera oscura que siempre lo rodeaba la envolvió por completo, saturando sus sentidos. Florencia sintió cómo la respiración de Salvador se volvía cada vez más agitada. En un acto de desesperación, abrió la boca y mordió su lengua.
El sabor metálico de la sangre brotó en su boca, desplazando por completo el perfume de Salvador.
Él le sujetaba las manos, pero la sorpresa lo hizo aflojar el agarre lo suficiente para que Florencia pudiera zafarse. Sin pensarlo dos veces, levantó la mano y le dio una bofetada que resonó en la habitación.
—Lárgate, Salvador. Me das asco.
El rostro de Salvador se tensó, claramente molesto. Abrió la boca como para responder, pero Florencia ya había salido corriendo hacia el baño, apretándose el pecho, sin molestarse en ponerse los zapatos. Sus pies descalzos golpearon el frío piso de cerámica al entrar al baño.
Salvador la siguió y, al entrar, la encontró abrazada al inodoro, vomitando sin control.
Su expresión se oscureció aún más y, con tono seco, soltó:
—¿Tanto te afecta?
En su mente, aunque su vida de pareja había sido escasa en intimidad, él sentía que las veces que habían estado juntos, Florencia había cooperado, aunque por fuera pareciera distante. Al menos, él pensaba que siempre habían encajado bien.
¿Cuándo había cambiado todo? ¿Desde cuándo Florencia ya no quería que la tocara?
Además...
No era la primera vez que ella vomitaba por una situación así.
Salvador frunció el ceño con fuerza y de pronto dijo:
—Flor, mañana te llevo al médico.
Florencia apenas comenzaba a recuperarse cuando escuchó esas palabras. Se quedó helada, volteó y lo miró fijamente.
Tal vez por el cansancio, o por alguna otra razón, terminó quedándose dormida. Emilia le llevó la cena al cuarto, pero Florencia apenas probó un poco de atole.
Escuchó el carro de Salvador salir y no volver en toda la noche. Hasta la mañana siguiente, cuando el motor del carro volvió a rugir afuera, supo que había regresado.
Bajó a desayunar y allí estaba Salvador, sentado ya en la mesa. Frente a su lugar, le había dejado un vaso de jugo recién exprimido de frutos rojos, aún humeante.
Salvador habló sin mirarla:
—Desayuna, que en un rato...
—¿Todavía crees que la que necesita ver al médico soy yo? No estoy enferma, y ni lo necesito. Si alguien debería ir al hospital eres tú, Salvador. No vaya a ser que un día termines infectando a medio mundo y ni cuenta te das —le aventó Florencia, cortante.
Emilia salió de la cocina justo a tiempo para escuchar el intercambio, preocupada:
—¿Qué pasa? ¿Está enferma la señora?
Salvador frunció el ceño y le contestó con sequedad:
—No es de tu incumbencia.
Después de todo, eso era algo entre pareja, y con Florencia tan distante, él tampoco quería ventilarlo.

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