—¡Ednita!
—Señorita Lozano, por favor, cálmese un poco. Pero el mesero todavía no ha sido atrapado, y aunque nos enfrentemos a esa Martina, aún no tenemos pruebas. Todo esto sólo son nuestras suposiciones.
Florencia le cortó el paso a Edna con voz apurada, mientras Thiago intentaba explicarse desde un rincón de la habitación.
Aun así, la expresión de Edna seguía cargada de molestia. Florencia la llamó otra vez, y al final Edna se resignó a quedarse.
—Quiero ver esa grabación de las cámaras —pidió Florencia.
En ese instante, la mujer se veía tan frágil como una flor a punto de quebrarse bajo la tormenta.
Su voz estaba ronca, casi inaudible, y le temblaba un poco.
Thiago dudó. Sabía que dejar que Florencia viera otra vez cómo la arrojaban a la piscina, cómo Salvador se marchaba con otra persona, era demasiado cruel.
Pero al final, puso el video frente a Florencia y lo reprodujo.
A veces uno necesita tocar fondo para poder salir adelante. Si esto era lo que tenía que vivir para transformarse, entonces era necesario.
Los segundos pasaban y la grabación corría.
Florencia vio con sus propios ojos cómo el carrito de postres se descontrolaba, cómo las chicas de sociedad gritaban y corrían en todas direcciones, y cómo Gilda estiraba la mano para ayudarla pero no alcanzaba.
En ese momento, sólo había unas cuantas muchachas cerca; los hombres estaban más lejos, en el jardín, hablando de negocios.
En medio de ese caos, Martina se lanzó hacia ella.
El carrito ya se había detenido para ese momento.
Martina cayó justo cuando todas seguían en shock, así que nadie se percató si en realidad fue atropellada o no por el carrito descontrolado.
—Ya basta, hasta aquí —interrumpió Edna con tono seco.
Con esto era suficiente para entender que Martina se había tirado intencionalmente, no hacía falta ver más.
Edna sabía muy bien lo que vendría después y no quería que Florencia sufriera de nuevo.
En la pantalla, la imagen vibraba y no era muy nítida, pero en la esquina podía verse a Florencia luchando por salir del agua en la piscina.
Edna, que la había sacado de ahí con sus propias manos, sentía que se le partía el alma cada vez que lo recordaba.
—Déjala ver —insistió Thiago, terco—. Señorita Lozano, sé que quiere proteger a Florencia, pero ella necesita saber la verdad. Tiene que ver quién es la persona que ha tenido a su lado todo este tiempo.
Thiago le quitó pausa al video y lo puso a reproducir de nuevo.
El sonido caótico volvió a llenar la habitación.
—¡Ya basta! ¿No te das cuenta lo cruel que es esto para Flor? —reclamó Edna, furiosa.
Florencia asintió y preguntó, con la mirada baja:
—Ya lo decidí. Me voy contigo a Alicante. Ese concurso de piano que mencionaste la vez pasada, ¿falta mucho?
Ya no quería saber más de Salvador, ni de la familia Fuentes. Quería cortar todo lazo.
—Falta poco más de un mes —contestó Thiago—. Da tiempo de que te recuperes.
Florencia aceptó, bajó la mirada hacia la laptop.
El video mostraba el momento en que Edna entraba corriendo y saltaba a la piscina con el vestido roto para sacarla.
Vio a Ednita abrazándola y llevándola en la ambulancia.
Sentía una presión insoportable en el pecho, una oleada de emociones que casi no la dejaban respirar.
Edna regresó con el médico poco después. Tras revisarla, el doctor dijo que Florencia tenía una acumulación de angustia y, por el golpe emocional, había terminado así.
Edna, impotente, soltó una retahíla de maldiciones en voz baja.
En ese momento Gilda entró tras terminar una llamada, y al ver la escena, su expresión se tornó sombría.
No podía entender cómo una joven tan brillante podía ser destruida de esa manera en un lugar que parecía una verdadera jauría.

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