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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 224

Salvador observaba todo con una expresión impasible, como si nada de lo que pasara frente a él fuera suficiente. No, aún no era suficiente.

Ese día, su Flor se había visto aún más indefensa. La imagen de su sufrimiento lo perseguía.

De pronto, Salvador le entregó el cuchillo para fruta a uno de los guardaespaldas cercanos.

—Cuídalo bien. Si ves que ya casi se muere, sácale el cuchillo. Pero si se le va toda la sangre, vuelve a cortarlo.

Su voz, tan gélida como un cubo de hielo, golpeaba directamente el corazón de Martina.

Martina sentía que su vida estaba en manos de un demonio, una sensación de impotencia tan brutal que la hacía desear huir o desaparecer, pero no podía hacer ni una cosa ni la otra.

Gritó desesperada:

—¡Salvador! ¡Salvador! ¡No puedes hacerme esto! ¡Tú dijiste que me ibas a proteger! ¡Además, yo tengo lo que tú quieres, no puedes... no puedes tratarme así!

La sensación de asfixia llegó antes que el miedo, aplastando todos los pensamientos de Martina. Ni siquiera podía preocuparse por las heridas de su cara.

Todo era demasiado aterrador.

Nunca había visto métodos tan retorcidos.

Llevaba años moviéndose en este ambiente, pero Salvador seguía siendo el mismo loco de siempre, el que cuando perdía el control, se volvía incontrolable.

En este círculo, todos mantenían una máscara de elegancia y distinción, pero Salvador nunca se molestaba en fingir.

Aunque ya estaba en la cima, siendo el centro de todas las miradas, seguía haciendo lo que le daba la gana.

Los gritos de Martina se sucedían uno tras otro, intentando que Salvador recapacitara, pero era inútil. Salvador ya ni siquiera la miraba. Caminó directo hacia Rafael.

Martina era su secretaria, y todo el mundo sabía que Salvador siempre la había tratado bien.

Pero al ver lo implacable que era con ella en ese momento, Rafael empezó a temblar de miedo. El sudor le corría a chorros por la cara, empapándolo.

Cuando Salvador se sentó a su lado, Rafael no pudo evitar balbucear entre sollozos:

—Señor Fuentes... señor Fuentes, sé que lo que hice estuvo mal. No debí copiar la canción de la señora Fuentes, no debí...

Antes de que terminara, Salvador le apretó la quijada.

—¿Disculpas? ¿Resarcir el daño? ¿Y crees que vas a salir de aquí sin tomarte unos tragos? ¿No fue así como emborrachaste a mi esposa? Pues ahora te toca a ti.

Abrió una botella de aguardiente y, sin darle opción, se la puso en la boca a Rafael, forzándolo a tragar. Rafael tosió sin parar, entre lágrimas y sudor frío.

Ángel, que observaba desde un lado, temblaba tanto como los demás. Varias veces intentó intervenir, pero el miedo lo hizo retroceder cada vez.

Cuando Rafael terminó la botella, tembloroso, suplicó de nuevo:

—Señor Fuentes, sé que hice mal. Solo le di tres tragos a la señora Fuentes. Mire, yo mismo me castigo con diez tragos, ¿le parece bien?

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