Florencia se llevó la mano a la frente y suspiró apenas, intentando mantener la calma.
—Ciro, ese no es el punto. ¿Pusiste atención a lo que te acabo de decir?
—¿Cómo que no es el punto? Florencia, admítelo, te preocupas por mí —replicó Ciro, con esa sonrisa de niño travieso que a veces le sacaba de quicio.
Florencia sentía que hablar con él era como intentar razonar con un vendaval. Insistió una vez más:
—Deja de hacer ese tipo de cosas, ¿entendiste? No quiero verte metido en líos por tonterías como esa.
El Ciro que ella conocía siempre había sido directo, sin dobleces. Incluso cuando Martina lo había manipulado para buscarle problemas a ella, Ciro había ido de frente, sin rodeos ni trucos, diciendo todo de manera clara. Nunca lo había visto actuar así, tramando cosas por la espalda.
Florencia pensaba que alguien tan transparente como Ciro no debía mancharse con asuntos que no le correspondían. Él siempre había sido un niño consentido, alegre, sin preocupaciones, y así debía seguir.
—Si no te importara, en la casa pudiste haberme delatado junto con él —insistió Ciro—. Pero no lo hiciste. Flor, al final de cuentas, ¿estás de mi lado, sí o no?
—No te detuve porque no quería que Salvador se hiciera ideas equivocadas —respondió Florencia, su voz se volvió firme—. Ciro, hazme caso. No cambies por mí ni por nadie. No vuelvas a hacer esas cosas, por favor.
Florencia sabía perfectamente lo que pasaba por la cabeza de Ciro, sobre todo después de estos días en los que él no se despegaba de ella. Ya lo había rechazado varias veces, a veces de forma directa y otras más sutil. Incluso el hecho de que él se quedara ahí no era algo que ella hubiera solicitado.
Pero, para su sorpresa, el mismo muchacho que siempre se daba por vencido a la primera, que no tenía paciencia para nada, ahora se aferraba como nunca.
Ella pensaba que si era lo suficientemente dura con él, tarde o temprano se rendiría. Pero no solo seguía ahí, sino que la llegada de Salvador complicaba aún más todo.
—Florencia, lo que haga es asunto mío. Lo más que puedo prometerte es que no lo haré a escondidas de nuevo. Pero fuera de eso, no cuentes conmigo —reviró Ciro, con la mirada clavada en ella, obstinado y seguro, como si nada en el mundo pudiera hacerlo cambiar de opinión.
Antes de que pudieran seguir discutiendo, se escucharon pasos decididos al final del pasillo. Salvador apareció, caminando con rapidez.
De pronto, Ciro avanzó hacia él, y antes de que Florencia pudiera frenarlo, soltó:
—Salvador, el que le puso la sal a la comida fui yo. Florencia no quiere que te haga trampas, así que te pido disculpas. Pero no creas que ganaste, yo no me voy a rendir. Ahora competiré contigo de frente.
—Y tampoco creas que Florencia te buscó porque le importas. Solo me cuida a mí, no quiere que me equivoque. Así que ni se te ocurra hacerte ilusiones —añadió, lanzándole una mirada desafiante.
Aunque decía que se disculpaba, la verdad era que sus palabras sonaban más a declaración de guerra.
Florencia sentía que le palpitaba la sien de pura frustración. Ciro seguía siendo igual de directo que siempre, tanto que no sabía ni por dónde responderle.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano