Salado. Demasiado salado.
Sin imaginarlo, Florencia se llevó una cucharada a la boca y, de inmediato, sintió la garganta reseca, áspera, y un amargor desagradable invadió su boca.
—¿Cuánta sal le pusiste a la sopa? —preguntó, sin saber cómo expresar su desconcierto.
—No fue mucho, la de siempre —respondió Salvador, pero al probar un poco de la sopa, su expresión cambió de golpe.
Como si no pudiera creerlo, Salvador fue probando cada uno de los platillos en la mesa. A medida que los iba probando, su cara se iba torciendo más y más.
Tres platillos y una sopa. Ninguno se salvaba del exceso de sal.
Aunque Florencia no probó los otros platos, bastó con mirar el rostro de Salvador para saber que todo estaba arruinado.
En ese momento, Ciro salió de la cocina con toda la calma del mundo, dejando ver un tono burlón en su voz:
—Hay gente que no tiene el talento, pero igual quiere aparentar. Casi hace que Flor se quede sin comer… Menos mal que yo preparé pan hace rato, si no, ¿qué hubiéramos hecho con el estómago vacío?
Fue hasta que lo mencionó que Florencia notó que traía una charola con pan. Pero al verlo bien, la mitad estaba quemado.
Florencia sintió un escalofrío. Ese pan no se veía nada apetitoso.
—¿Ciro, tú hiciste eso? —preguntó Salvador, con voz cortante, seguro de la respuesta.
Ciro se detuvo un instante y luego, con fastidio, respondió:
—¿Eso qué tiene que ver conmigo? No inventes cosas, mejor acepta que te salió mal la comida y ya, ¿para qué culpar a otros?
Salvador respiró hondo, pero la molestia le subía como lava por dentro:
—¿Fuiste tú quien le echó sal a mi comida?
Después de tantos años cocinando, Salvador confiaba en su instinto; aunque su mano no fuera tan precisa como antes, jamás se habría pasado tanto con la sal. Mucho menos en cada platillo.
—No me culpes a mí, yo ni me acerqué a tus cosas. ¿Tan difícil es aceptar que te equivocaste? Ni entiendo de dónde sacas esa seguridad. Ya te salió mal y aun así quieres culpar a los demás —reviró Ciro.
—¡Ciro! —la voz de Salvador se elevó. Pero Ciro, con una cara de víctima, volteó hacia Florencia:
El corredor estaba iluminado con luces tenues. Los ojos de Ciro, en cambio, brillaban con intensidad. Él le dijo:
—Flor, no te preocupes. Yo te aseguro que más pronto que tarde voy a sacar a ese tal Fuentes de aquí. No dejaré que te afecte.
—Entonces, ¿fuiste tú el que le echó sal a la comida de hoy? —preguntó Florencia, directa.
Había llamado a Ciro solo para eso. Pero antes de que pudiera preguntar, él ya lo había admitido con su actitud.
—¿Y qué más podía hacer? Ese tipo me molesta. ¿No sabe lo que hizo antes? Ni idea de dónde saca tanta cara para querer volver contigo. Yo no lo soporto —respondió Ciro, ya alterado, como gato al que le pisan la cola.
—No quiero que vuelvas a hacer esto —le dijo Florencia.
—¿Por qué no? Flor, te estoy ayudando. ¿O es que todavía sientes algo por él? ¿Ya olvidaste todo lo que te hizo antes? No me digas que quieres regresar con él —la voz de Ciro subió de tono, cada vez más aguda.
—No es como tú crees. Ya no siento nada por él. No importa lo que piense o por qué está aquí, eso ya no tiene nada que ver conmigo. No tienes por qué ensuciarte las manos por mi culpa, Ciro. Hazme caso, ignóralo. Si lo tratas como si fuera invisible, él solito se irá. No vale la pena que te pelees con él.
—¿Eso significa que te preocupas por mí? —Florencia le habló en serio, con palabras llenas de intención. Ciro escuchó todo en silencio, hasta que ella terminó. Entonces, con los ojos aún más brillantes, se apresuró a contestar, igualito a un perrito buscando caricias.

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