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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 451

Salado. Demasiado salado.

Sin imaginarlo, Florencia se llevó una cucharada a la boca y, de inmediato, sintió la garganta reseca, áspera, y un amargor desagradable invadió su boca.

—¿Cuánta sal le pusiste a la sopa? —preguntó, sin saber cómo expresar su desconcierto.

—No fue mucho, la de siempre —respondió Salvador, pero al probar un poco de la sopa, su expresión cambió de golpe.

Como si no pudiera creerlo, Salvador fue probando cada uno de los platillos en la mesa. A medida que los iba probando, su cara se iba torciendo más y más.

Tres platillos y una sopa. Ninguno se salvaba del exceso de sal.

Aunque Florencia no probó los otros platos, bastó con mirar el rostro de Salvador para saber que todo estaba arruinado.

En ese momento, Ciro salió de la cocina con toda la calma del mundo, dejando ver un tono burlón en su voz:

—Hay gente que no tiene el talento, pero igual quiere aparentar. Casi hace que Flor se quede sin comer… Menos mal que yo preparé pan hace rato, si no, ¿qué hubiéramos hecho con el estómago vacío?

Fue hasta que lo mencionó que Florencia notó que traía una charola con pan. Pero al verlo bien, la mitad estaba quemado.

Florencia sintió un escalofrío. Ese pan no se veía nada apetitoso.

—¿Ciro, tú hiciste eso? —preguntó Salvador, con voz cortante, seguro de la respuesta.

Ciro se detuvo un instante y luego, con fastidio, respondió:

—¿Eso qué tiene que ver conmigo? No inventes cosas, mejor acepta que te salió mal la comida y ya, ¿para qué culpar a otros?

Salvador respiró hondo, pero la molestia le subía como lava por dentro:

—¿Fuiste tú quien le echó sal a mi comida?

Después de tantos años cocinando, Salvador confiaba en su instinto; aunque su mano no fuera tan precisa como antes, jamás se habría pasado tanto con la sal. Mucho menos en cada platillo.

—No me culpes a mí, yo ni me acerqué a tus cosas. ¿Tan difícil es aceptar que te equivocaste? Ni entiendo de dónde sacas esa seguridad. Ya te salió mal y aun así quieres culpar a los demás —reviró Ciro.

—¡Ciro! —la voz de Salvador se elevó. Pero Ciro, con una cara de víctima, volteó hacia Florencia:

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