—Tú... —Gael se quedó sin palabras, sin saber cómo seguir.
En realidad, de todos ellos, Gael era el que menos había tratado a Florencia.
En su memoria, Florencia siempre iba con la cabeza en alto, como si nadie en el mundo valiera la pena. Tenía ese aire de cisne orgulloso, ajena a todo. Siempre distante y callada.
Jamás pensó que Florencia podía tener una lengua tan filosa.
A Florencia no le importaba lo que pensara Gael. Subió las escaleras sin mirar atrás. Gael volvió a hablar:
—Florencia, no seas tan cruel, ¿cómo que “la otra”? Si no fuera por ti...
—Ya basta —lo interrumpió Salvador, quien acababa de salir de la habitación de huéspedes. También miró a Florencia—. Florencia, quiero saber qué fue lo que pasó hoy.
—¿No te lo contó tu noviecita? —preguntó Florencia, nada dispuesta a suavizar las cosas.
—Quiero escucharlo de tu boca —dijo Salvador.
Florencia pensó que el día estaba lleno de rarezas.
Antes, Salvador jamás le habría pedido una explicación. Siempre le daba más peso a lo que decía Martina, nunca a ella.
—No tengo nada que decir. Es como ella lo contó —soltó Florencia.
Antes, ante algo así, se habría puesto nerviosa, ansiosa por aclarar todo, temiendo que Salvador pensara mal de ella y que la imagen que él tenía de ella se viera afectada.
Pero ahora ya no le importaba.
Solo quería el divorcio. Quería salir de esa jaula llamada familia Fuentes.
—¡Florencia! —Salvador la llamó, fastidiado, pero Florencia se hizo la que no escuchaba y siguió rumbo a su cuarto.
—¡Detente! —insistió Gael—. Tú misma lo admitiste, Martina terminó así por tu culpa. Debes pedirle disculpas.
Florencia ni siquiera se detuvo.
Gael, desesperado, intentó alcanzarla.
Pero Salvador extendió un brazo y le bloqueó el paso.
Gael se quedó pasmado.
—¿De verdad vas a cubrirla, Salvador? Ella dejó a Martina así, ¿y tú la vas a defender?
—Florencia es la señora Fuentes. No es asunto tuyo —le espetó Salvador.
Gael frunció el ceño, el disgusto pintado en su cara.
—Mejor acompaña a Martina. Yo hablaré con ella —ordenó Salvador.
Sin perder tiempo, Salvador subió tras Florencia.
Al llegar, Florencia estaba por cerrar la puerta, pero Salvador la detuvo y entró a la fuerza.
Florencia lo miró con una expresión gélida.
Fue Salvador quien rompió el silencio:
—Hoy temprano le dije a Martina que le conseguiría otro lugar. Pero ahora, con la pierna rota...
—¿Y qué? ¿Acaso el señor Fuentes quiere que yo le lave los pies a su noviecita? —aventó Florencia, sarcástica.
—No es eso —dijo Salvador, conteniendo la irritación—. Solo digo que, con lo de su pierna, tendrá que quedarse unos días más en Jardines de Esmeralda.
Florencia le regaló una mueca burlona.
Así que, mientras ella no estaba, Martina se tiró por las escaleras, no para incriminarla, sino para hacerle la vida imposible.

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