En el fondo, todos sabían lo que realmente ocurría, aunque nadie lo dijera en voz alta.
El abuelo fue el primero en romper el silencio.
—Ya que Flor quiere despejarse, arregla tus pendientes en la empresa y llévala a dar una vuelta. Le va a caer bien salir un rato.
—Abuelo, no hace falta, en la empresa hay mucho trabajo, él...
—Está bien.
Florencia apenas pudo terminar la frase; Salvador la interrumpió sin más.
Ella lo miró, sorprendida, incapaz de entender por qué aceptaba tan fácil.
Martina acababa de ser echada por el abuelo, ¿no tendría Salvador que aprovechar para calmarlo y luego buscar a Martina? ¿Por qué aceptar ese viaje? Ni siquiera cuando se casaron hicieron una luna de miel, y ahora que están a punto de divorciarse, ¿para qué fingir?
El abuelo, al ver que Salvador aceptaba, se suavizó un poco y añadió:
—Así debía ser desde antes. Apúrense, arreglen todo. Esta semana, o a más tardar el fin de semana, se van de viaje los dos.
—Abuelo, yo...
—Flor, haz caso, esta vez yo decido por ti. Salgan, diviértanse, y a ver si a la vuelta me traen un bisnieto bien gordito —dijo el abuelo, sin dejar espacio a que Florencia se negara.
Florencia bajó la mirada y llevó la mano con suavidad a su vientre.
Todavía recordaba cuando se casaron. Ella soñaba con una luna de miel, pero Salvador ni siquiera volvía a casa. O si lo hacía, solo decía que el trabajo lo tenía absorbido. Con el tiempo, su ilusión se fue apagando. Ahora, ese tipo de cosas ni le interesaban, y aun así él aceptaba.
Le parecía extraño. Justo cuando menos deberían verse, ¿para qué aceptar un viaje juntos? ¿A quién querían engañar?
—Abuelo, si no hay nada más, pido que lo lleven de regreso —dijo Salvador, mirando a Florencia antes de hablar.
—¿Quién dijo que me voy? Antes de que viajen, me voy a quedar aquí en Jardines de Esmeralda. Tengo que vigilar que sí me traigan ese bisnieto —sentenció el abuelo.
Salvador arrugó el entrecejo, a punto de responder, pero Florencia se adelantó, apresurada:
—Abuelo, usted ya está acostumbrado a la casa vieja. Mudarse aquí sería un cambio muy grande, ¿no sería mejor que Salva lo lleve a casa?
Ella no quería quedarse ni un minuto más en Jardines de Esmeralda con Salvador. Mucho menos tenía ganas de un viaje ni nada parecido. Solo quería que el abuelo se fuera pronto, para poder irse de la familia Fuentes sin más líos.
—Flor, ¿por qué tanta prisa en correrme? ¿Tienes otra cosa en mente? —preguntó el abuelo, mirándola con picardía.
—¿Cómo cree? Solo me preocupa que no se adapte —respondió Florencia, sin dudar.

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