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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 58

—Este es el hogar de Florencia. Ahora mismo, o te largas llevándotela, o llamo a alguien para que los saque a patadas a los dos —la voz del abuelo sonó tan cortante que hasta el aire pareció detenerse.

Su impaciencia ya se notaba a simple vista.

Había venido, primero, para respaldar a Florencia. Pero también…

Sus ojos pasaron sobre Salvador y, sin perder el ritmo, ordenó:

—Saca a esa persona de aquí y ven a buscarme a la oficina.

Sin esperar respuesta, el viejo le dio unas palmadas en la mano a Florencia.

—Flor, no te ensucies tratando con esa bola de basura. Ven, vamos. Tu abuelo te acompaña.

Avanzaron apenas unos pasos cuando el abuelo se giró hacia Emilia y lanzó otra instrucción:

—Ve a recogerle sus cosas, vigila que el señor saque a esa persona, y no dejes que Flor vea nada de esto. No quiero que se amargue.

Nadie disfruta ver a la amante colarse en casa.

Emilia, por supuesto, tampoco.

Así que, al ver que al fin sacaban a la intrusa, empacó sin rodeos las dos prendas que Martina había traído y las aventó a un lado.

—Señor Fuentes… —Martina, con los ojos enrojecidos, buscó ayuda en Salvador—. Mi papá seguro todavía me anda buscando. No puedo regresar ahora, yo…

Bajó la mirada hacia su pierna, las pestañas temblando.

Gael se acercó a consolar a Martina, aunque ya se notaba fastidiado.

—Esa Florencia sí que se pasa. Como si no bastara con querer casarte a la fuerza, ahora te lastima la pierna y, encima, manda a su abuelo a echarte. ¿De verdad piensa dejarte sin salida? —lanzó, indignado—. Salvador, ¿de verdad vas a quedarte con una mujer así toda la vida? ¿Y qué va a pasar con Marti?

—No fue la señora, ¡ella ya se quería ir! Fue el abuelo quien la detuvo —Emilia, que normalmente nunca se metía, no pudo evitar saltar en defensa de Florencia.

Salvador, distraído hasta ese momento, cambió de expresión de inmediato al escucharla.

—¿Dices que Florencia quería irse? —preguntó, clavando la mirada en Emilia.

—Sí, señor, ella…

—Salvador, ¿en serio te vas a creer esa historia? —Gael interrumpió, sarcástico—. Esa señora se mató por quedarse con tu apellido, ¿y ahora va a renunciar tan fácil? No te dejes manipular.

—Ya basta. Llévate a Martina de aquí —ordenó Salvador.

Gael se quedó petrificado.

—¿Qué? ¿Que la lleve yo? ¿A dónde se supone que la lleve? —balbuceó, abrumado.

La familia Ortega era estricta, con horarios y reglas. Los más jóvenes debían regresar a casa antes de las diez cada noche. No tenía forma de arreglar lo de Martina.

Ella también suplicó:

—Señor Fuentes, mi pierna está lastimada, yo…

Salvador, cansado, se frotó el entrecejo.

—Llévala a un hotel y quédate con ella por ahora. Más tarde yo paso —dijo, tajante.

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