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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 72

—¡Todos estos años, Flor siempre soñó con esto! ¡Y tú, desgraciado, lo arruinaste! —espetó el abuelo, la voz temblorosa de rabia.

—Yo... —Salvador miró el revoltijo de enredaderas y flores destrozadas. De repente, las palabras se le atoraron en la garganta. Tardó un buen rato en poder decir algo—. No lo sabía. Pensé que sólo era una casa.

El viejo respiraba con dificultad, la mano temblorosa se posó sobre el hombro de Salvador.

—¡Ponte de rodillas! Tú mismo fuiste quien pidió casarse con Flor. ¿Y así es como la tratas ahora? Si hubiera sabido que terminarías así, mejor le hubiera dejado a Flor a Oli.

Al menos él no sería tan rebelde como tú, ni le faltaría al respeto a la familia.

—¡No! Abuelo, Florencia es mía. No digas eso, no quiero escucharlo —Salvador le reviró, alzando la voz, el pecho ardiendo de impotencia.

El abuelo soltó una carcajada amarga, casi sin aliento. Sin piedad, levantó su bastón y lo descargó sobre la espalda de Salvador.

—¿Todavía te atreves a decir ese tipo de cosas? Cuando andabas con tu secretaria por ahí, ¿pensaste en algún momento en Flor y lo que podría sentir?

¿Cómo es posible que tenga un nieto tan despistado?

—No es lo que piensas, abuelo. Entre Martina y yo no hay nada. No me detengas, tengo que ir a buscar a Flor —soltó Salvador, intentando ponerse de pie.

Pero el abuelo lo sujetó con fuerza y lo obligó a sentarse de nuevo.

—¿Y de qué sirve que la encuentres? Mira bien a tu alrededor, observa cómo dejaste todo esto. ¿De verdad crees que ella va a querer regresar contigo?

El desastre a su alrededor llevaba horas gritándole en la cara. Pero hasta que el abuelo lo dijo en voz alta, Salvador sólo había visto un patio más. Una casa como tantas bajo su nombre. Si ésta se ensuciaba, él pensaba, podía comprarle otra a Florencia sin problema.

Sabía que era el regalo de bodas de Florencia, pero cuando ella le entregó las llaves lo hizo con una sonrisa despreocupada, como si no tuviera importancia. Igual que los regalos que la familia Fuentes le dio a la familia Villar, montones de cosas que para él no significaban gran cosa.

Lo que ignoraba era que en este lugar Florencia había crecido, que aquí estaban guardados los recuerdos con su abuelo. Eso, él nunca lo supo.

El silencio se apoderó de Salvador.

El abuelo, apoyado en su bastón, parecía encorvado, más viejo que nunca.

—Salva, te pasaste de la raya. Si Flor no regresa contigo esta vez, no cuentes con que yo meta las manos por ti otra vez.

El abuelo de Florencia era su gran amigo, casi como un hermano de toda la vida. Ahora, ver cómo el último regalo de su viejo amigo para Flor había terminado destruido, le dolía hasta el alma. No podía volver a rogarle a Flor, no después de esto.

La mirada de Salvador se oscureció.

En medio de ese silencio, dijo:

—Abuelo, voy a encontrar a Flor y la traeré de vuelta, cueste lo que cueste.

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