La voz de Florencia temblaba tanto que apenas se le reconocía.
La mano de Salvador, que había levantado, quedó suspendida en el aire, congelada por la tensión.
Observó cómo Florencia retrocedía despacio, con dificultad, hasta salir por la puerta. Quiso seguirla, apenas dio un paso y la escuchó gritar, desesperada:
—¡No te acerques! ¡No te me acerques!
Ese rostro que tantas veces había dibujado en su adolescencia, ese hombre al que había idealizado durante años, en ese instante le parecía la viva imagen de un demonio escapado del infierno, burlándose de su desesperación y de su miedo.
Aunque el sol pegaba con fuerza y el calor del verano era insoportable, Florencia sintió que todo el calor del mundo la abandonaba.
Le temblaba hasta el alma.
Ni siquiera supo bien cómo logró salir de la Villa Los Álamos.
De pronto, un carro deportivo frenó frente a ella, levantando una nube de polvo. Ciro bajó la ventanilla y asomó la cabeza.
—¿Quieres que te lleve?
Florencia no tenía fuerzas para negarse.
Solo quería huir de ese infierno interminable.
Al subir al carro y escuchar el rugido del motor mientras el viento le azotaba la cara, Florencia sintió que, poco a poco, el frío la soltaba.
Apenas el carro de Ciro arrancó, Salvador salió corriendo de la casa.
Miró a su alrededor, buscando desesperado. No había ni rastro de Florencia.
La escena se repetía, idéntica a la última vez. Un dolor agudo le atravesó el pecho.
Otra vez. Su esposa otra vez se había desvanecido frente a él.
Aún retumbaba en sus oídos el rugido del motor, como si pudiera alcanzarla si corría lo suficiente.
Apretó los puños con tal fuerza que los nudillos se le marcaron y las venas sobresalieron de la piel. Le temblaba la muñeca.
Él sabía que Florencia no podía haberse ido sola, no tan rápido. Alguien se la había llevado.
¿Pero quién demonios se atrevería a esperar afuera de su casa para llevársela justo en sus narices?
—¿Señor Fuentes? ¿Está bien? —Martina apareció en ese momento, corriendo tras él.
Al ver la expresión sombría de Salvador, se le notó el miedo, pero intentó suavizar la situación:
—Mi hermana a veces se le pasa la mano con el carácter, usted no le haga caso, de verdad…
—¿Martina, qué haces aquí? —Salvador se volteó y la examinó con la mirada—. ¿Mandaste a alguien a llevarse a Flor? ¿A dónde te la llevaste?
De pronto, Salvador la tomó del cuello, sujetándola con fuerza.

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