Después de una hora, Gisela y Delia ya habían vendido todos los pinchos fritos que tenían en el estante.
El ambiente alrededor del puesto estaba impregnado del humo y el bullicio propio de la calle; tras ese rato de trajín, ambas terminaban empapadas en sudor.
Se limpiaron la frente, se sentaron un momento y revisaron las ganancias. Entre los depósitos que llegaban por WhatsApp y el dinero en efectivo, al final de la noche reunieron seiscientos setenta y tres pesos.
Gisela sabía bien que esa era, sin duda, la mejor noche de ventas que habían tenido en varios días.
El primer día, los compañeros de la escuela siempre llegaban con entusiasmo a comprar. Pero luego, con el paso de los días, ese ánimo iba apagándose poco a poco, y las ventas bajaban.
Por eso, tenía claro que debía idear junto a Delia una forma para que el negocio pudiera sostenerse.
Delia, al ver la cifra, no ocultaba su satisfacción. Se secó el sudor y comentó:
—Voy a revisar los costos, restar lo que gastamos en ingredientes y materiales, y después te doy la mitad.
Gisela soltó una pequeña risa:
—No tienes que hacerlo. La verdad, yo solo estoy ayudando aquí y allá. Fuiste tú quien consiguió el puesto, tú eres quien prepara los pinchos, hasta la salsa la haces tú. Te esmeras mucho, yo casi no hago nada. Con que me des una décima parte, está bien.
Delia iba a replicar, pero Gisela la interrumpió enseguida.
—No le des más vueltas, ni te pongas terca. Mejor piensa en tu abuelita en el hospital. Necesitas ese dinero para los gastos médicos.
Gisela le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Te soy sincera, al principio ni siquiera pensaba quedarme con nada, pero sé que te sentirías incómoda. Así que dame solo un diez por ciento y ya.
Le guiñó el ojo, con una sonrisa traviesa.
—Puedes verlo como que me estás devolviendo un dinero prestado.
Luego puso cara seria.
—No hay manera de que lo cambie, no aceptaré más de eso.
Delia abrió la boca varias veces, sin saber qué decir. De pronto, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Gisela, mil gracias… de verdad, gracias.
Se inclinó y limpió con prisa las lágrimas que se le escapaban por la emoción.
—Antes hasta me dejé llevar por lo que decían de ti, que eras difícil de tratar, pero veo que me equivoqué. Y que todos ellos también.
—Gisela, nunca voy a olvidarte. Te lo juro.
Gisela se echó a reír, de pura ternura.
—¡Ay, cómo lo dices! Por un momento pensé que estabas guardando rencor.
Delia también terminó sonriendo, ya sin lágrimas.
...
Cerca de la medianoche, regresaban juntas en el triciclo.
De pronto, a mitad de camino, un lujoso carro bloqueó el paso. Era un Rolls-Royce.
Nelson bajó del carro, se aflojó la corbata de un tirón, con gesto cansado y voz áspera, sin rodeos.
—Súbanse.
Delia se puso delante de Gisela, con el ceño fruncido.
—¿Necesita algo?
Nelson abrió los ojos y en la penumbra, su mirada oscura se sentía aún más profunda. Ni siquiera miró a Delia. Sus ojos solo se clavaron en Gisela, gélidos y duros.
—Gisela, súbete. No quiero repetirlo.
—Gisela, ¿vienes por tu cuenta o te llevo yo?
Gisela le respondió con otra risa cargada de ironía.
—Delia, vámonos. No le hagas caso.
Delia asintió con fuerza y comenzó a pedalear.
Pero Nelson avanzó con zancadas largas. El triciclo, abierto y lento, le permitió alcanzar a Gisela y sujetarla de la mano.
De un solo tirón, la bajó.
Gisela no alcanzó a reaccionar y de pronto ya estaba fuera del triciclo.
Cerró los ojos, pensando que caería sobre el asfalto. La sensación de vértigo le aceleró el corazón.
Pero en vez del suelo duro, cayó en unos brazos cálidos y firmes, con un aroma que le resultaba familiar.
La voz de Nelson, cortante, le sonó encima de la cabeza.
—Si no quieres caminar, te cargaré.
Antes de que pudiera asumir lo que pasaba, todo empezó a girar.
De pronto, vio el suelo desde arriba.
Abrió los ojos, sorprendida.
Nelson la había subido a su hombro como si fuera un costal. Su vientre chocaba contra el hombro huesudo de Nelson, y a cada paso sentía que le exprimía el estómago.
—¡Nelson! ¡Suéltame! ¡Bájame ahora mismo!
Golpeaba la espalda de Nelson con todas sus fuerzas.

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